Por una agricultura del respeto

La alimentación se está volviendo más y más deliberada. Al menos, para aquellas personas cuyos bolsillos pueden permitírselo. Comer sano ya no es suficiente. Ahora, además de ponderar los beneficios para la salud o el valor nutricional de lo que se llevan a la boca, algunos consumidores tienen en cuenta otro tipo de consideraciones.

Preocupan, por ejemplo, los impactos medioambientales y socioeconómicos asociados con la producción de alimentos. Hay también una conciencia cada vez más clara acerca del deterioro que la agricultura industrializada provoca en los suelos y los ecosistemas. Fruto de las campañas de sensibilización emprendidas por organizaciones activistas, hay incluso personas que empiezan a objetar los salarios de miseria que se pagan en un modelo económico en el que el trabajo, como el agua o la tierra, es un recurso más que explotar sin miramientos.

En respuesta a esta nueva sensibilidad de consumo, aunque moldeándola al mismo tiempo, el marketing y el packaging en los supermercados de Estados Unidos — como sucede en Europa — incorporan cada año nuevos términos y etiquetas. Adjetivos más o menos ocurrentes y logotipos coloridos que garantizan una integridad en los productos que nos llevamos a la boca y que tiene, al final, bastante más que ver con nuestra credulidad que con el rigor y la transparencia.

Sobre el papel, y por un prurito de salud pública que a veces roza la hipocondría, la legislación regula con celo la imbricada red de actividades que componen los sistemas alimentarios. Lo que se cultiva, cómo se procesa, la manera en la que se debe comercializar… Aún así, los mecanismos de inspección acaban casi siempre revelándose insuficientes, con mayor probabilidad conforme se aumenta la escala y la geografía. Es por ello que, de tanto en tanto, regresan los titulares alertando sobre fraudes de mieles adulteradas y brotes infecciosos de E.coli surgidos en algún remoto invernadero.

Quizá cueste verlo en un mundo de algoritmos opacos e interacciones sin rostro, pero al final, por muchas vueltas que se le quiera dar al asunto y por muy eficaces que sean los controles gubernamentales, una de las garantías más definitivas que nos amparan a los ciudadanos de a pie es el poder confiarnos a la buena de fe y al buen hacer de las personas que, en un sentido más literal y sin necesidad de que intervengan tantos intermediarios, nos alimentan.

Esa confianza no tiene por qué ser ciega ni pecar de ingenua. Lo que sí tiene que ser es una confianza cargada de razones. Justificada.

Los sellos de calidad y las denominaciones de origen promovidas desde la propia producción son, en este sentido, un elemento clave a la hora de fomentar dicha credibilidad. Por eso no es nada extraño que, en un contexto de emergencia climática, surjan iniciativas como la que Estados Unidos abandera el Rodale Institute para certificar emprendimientos comprometidos en ese país con lo que se conoce — no sin cierta ambigüedad— como “agricultura regenerativa”.

Como se explica prolijamente en la web de esta pionera organización sin ánimo de lucro donde científicos y agricultores orgánicos trabajan en comandita desde 1946, la prioridad “número uno” dentro del programa de la “regeneroagricultura” es aplicarse a la recuperación de la salud y la riqueza de los suelos y los recursos hídricos. Un empeño donde la gestión ecológica de la tierra va, no obstante, de la mano con el mantenimiento de unos estándares innegociables para garantizar el bienestar de los animales y los trabajadores que participan en cada uno de los eslabones de la cadena de la alimentación.

La promoción de biodiversidad, unas condiciones de cría dignas para el ganado, salarios justos y equitativos, precios que no camuflen externalidades… La obtención del certificado “orgánico regenerativo” diseñado por Rodale depende del cumplimiento de una larga serie de requisitos a cuyo cumplimiento se deben adherir los 80 productores y empresas de distinto tamaño que, desde su lanzamiento en junio de 2019, participan en una primera fase piloto.

Aunque todavía es pronto para evaluar los resultados del proyecto, es alentador que la definición de aquellas prácticas que podrían hacer los sistemas de verdad resilientes y transparentes se vuelva precisa. Precisa y exhaustiva.

La retórica de lo sustentable, al menos en lo que toca a la agricultura, se ha demostrado falaz. En el punto de no retorno en el que se halla la ecología planetaria, ya no vale con “mantener” los recursos naturales que nos quedan sino que hay que restituirlos y honrarlos.

Ése es el verdadero propósito que alienta el proyecto regenerativo. Fomentar una cultura y un cultivo de genuino y agradecido respeto.

Sergio Sotelo

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