La cultura como instrumento de transformación ambiental

Federico Velázquez de Castro González

La solución a los problemas ecológicos debe adoptar una estrategia nueva. No basta con extender los catálogos de buenas prácticas, buenos consejos del estilo de reciclar, ahorrar agua, comprar electrodomésticos eficientes, etc., sino construir una nueva cultura. En ella, la calidad de vida no debe de medirse por lo que se posee, sino por lo que se es, por los valores con los que se vive, por lo gratuito, por el convencimiento de que la felicidad se alcanza a través de la realización personal y comunitaria de cada ser humano.

El medio ambiente comienza a tomar protagonismo en España en los años 70 del pasado siglo. Y aunque al principio su presencia fue reducida, la tozudez de la realidad iba mostrando lo acertado de sus diagnósticos, lo que llevó a que los mensajes ecologistas fueran cada vez más escuchados y valorados. Su crítica al sistema, ya desde sus inicios, lo enemistó con el poder, aunque no todos los grupos ni movimientos fueran igual de incisivos, pues muchos aún se quedaban en la conservación, sin atreverse a dar el paso de la denuncia y la acción. En cualquier caso, lo ambiental como sujeto pasivo de los daños de un crecimiento sin límites, no dejó ya de constituir un potente indicador del modelo económico capitalista, atisbando, a su través, la posible destrucción del medio de vida de muchas especies y debilitando la nuestra. De ahí partió la necesidad de incluir el medio ambiente en todas las agendas y políticas, dando lugar a que administración y partidos lo considerasen institucionalmente.

Sin embargo, este protagonismo oficial no ha sido suficiente. El medio ambiente continúa preocupando e indicando reiteradamente por donde no se debe transitar. Los impactos ambientales aumentan en número: más allá de los “clásicos” (aire, agua, suelos), y sin haber sido satisfactoriamente resueltos, hoy asistimos a nuevas incertidumbres, como los compuestos orgánicos persistentes, muchos de ellos disruptores endocrinos, campos electromagnéticos u organismos modificados genéticamente. Mas, también aumenta su alcance: desde los que afectaban a áreas específicas a los globales, que abarcan ya el planeta entero y requieren estrategias combinadas por parte de todos los países, desde la reducción del ozono protector al cambio climático. Debe, además, señalarse la injusticia que este hecho encierra, por cuanto que la responsabilidad de los daños no recae en todos por igual, sino en la minoría privilegiada de donde proceden la mayor parte de las emisiones, es decir, en el mundo occidental o norte del planeta. Finalmente, señalemos la rapidez y exponencialidad con la que todo esto acontece, preocupando más los tiempos que el propio problema en sí, que pueden desbordar todas nuestras expectativas.

Las consecuencias son ya visibles: los ecosistemas se alteran, fragmentan o, directamente, se destruyen, ocasionando una acelerada desaparición de especies, muchas, posiblemente, sin todavía conocer. Algunos cálculos conservadores hablan de la pérdida de tres especies diarias en lo que Leakey y otros biólogos han llamado la sexta extinción. Con cada especie desaparecida nos privamos de un patrimonio genético único, un milagro de la evolución vinculado al edificio de la biodiversidad en el que la progresiva pérdida de sus sillares puede conducir a un derrumbe ecológico y un colapso de la biosfera.

Y en cuanto al ser humano, además de generarse un entorno más hostil (lo que no deja de ser paradójico en una especie supuestamente inteligente), la multitud de sustancias que esparcimos en el medio (la industria química ha fabricado más de 100.000 productos de los que apenas el 10% han sido suficientemente evaluados) vuelven hacia nosotros, intoxicándonos. Los compuestos orgánicos y alteradores hormonales, ya citados, se acumulan en los tejidos grasos (afectando así más a mujeres que a varones) convirtiéndose en bombas de relojería en cuanto a sus efectos a largo plazo y a su combinación entre ellos, lo que se conoce como “efecto cóctel”. Las pruebas analíticas realizadas a la ex comisaria de Medio Ambiente de la Unión Europea, Margot Wallström, y luego repetida aquí por nuestra Ministra y otros  profesionales relevantes, evidenciaron la existencia de decenas de productos extraños en nuestros organismos, generando sombrías expectativas de futuro ya que por estas vías, y no tanto por factores externos, podría venir el declive de nuestra especie.

La situación del medio ambiente refleja, como fiel indicador, la salud del modelo económico que lo genera. Un modelo codicioso, especulativo, ignorante de los límites de los ecosistemas y del planeta, que reduce a mercancía al medio y a los seres humanos. El capitalismo, especialmente tras el establecimiento generalizado de las tesis de Milton Friedman y la escuela de Chicago, entronizan el nuevo liberalismo reduciendo al mínimo los gastos sociales y arrojando a la exclusión a grandes capas de la población. Como ha imbuido su “cultura” (individualismo, competitividad, consumo, indiferencia social) en todos los países que toca, ha logrado desmovilizar incluso a los más desfavorecidos, borrando ideales, organizaciones o proyectos, deslumbrados, aun en su miseria, ante el gigantesco escaparate. Pero sistemas e imperios pasan, y para la caída de éste, el medio ambiente está tomando la bandera que antaño tremolaran otras ideologías y movimientos. La realidad es insistente, y una vez y otra indica sus límites. En el capitalismo, el medio ambiente nunca estará seguro.

En el cambio de modelo, los ciudadanos tienen un gran protagonismo. La responsabilidad de los daños ambientales es compartida: empresas y administraciones deben admitir la suya, pero las personas también. Cuando se utiliza abusivamente el coche particular o se come carne en exceso, cada uno nos convertimos en víctimas y verdugos. En nuestras manos se halla la modificación de muchos hábitos (y con ello, la reducción de otros tantos impactos). ¿Por qué entonces no se intenta?

No puede ya decirse que es por falta de información, más bien al contrario, incluso algunos sociólogos hablan de “fatiga ambiental” cuando se da una presión excesiva sobre los ciudadanos, lo que podría generar el efecto contrario. No actuar, más bien, tiene que ver con la falta de valores e ideales, ya que sólo se cambia cuando existe una razón poderosa (superior a las ideas anteriores) para hacerlo. Desgraciadamente, parece que lo ético no es suficiente y hay que apelar entonces a la salud o a la economía para que se elijan opciones sostenibles. Apreciamos así cómo el materialismo y la cultura del tener se han introducido profundamente en el contexto social, hasta el punto de no renunciar al consumo, pese a los daños que su práctica excesiva acarrea. Es el predominio del cerebro primitivo que solo reacciona ante los daños inmediatos, mostrando indiferencia si acontecen a largo plazo. Es similar al tabaco, que se sigue comprando porque nadie cae muerto tras fumarse un cigarrillo, aunque exista información sobrada de todos los daños que acarrea. ¿Es, entonces, la gente estúpida? No, el tabaco es un sucedáneo que calma la ansiedad y simula compañía, igual que el consumo y el tener suplen el vacío de sentido y de encuentro personal. El sistema se frota las manos celebrando cómo la cultura burguesa ha prendido en todas las clases sociales, que aspiran a vivir “bien”, olvidando que a la bondad, la belleza y la verdad no se accede por caminos materialistas.

No obstante, dentro de esta nueva etapa que Paul Crutzen ha denominado Antropoceno y, también, época de gran aceleración, las personas caen heridas víctimas de sus propias ambiciones: más de 30.000 muertes prematuras en España (400.000 en Europa y 7 millones en el mundo, según los últimos datos de la O.M.S.  de 2018) como consecuencia de la contaminación atmosférica, que reduce la esperanza de vida en los hábitats urbanos. Las olas de calor (o el propio calor en sí), los desastres naturales, que ya generan 200 millones de refugiados, las enfermedades tropicales, que van ampliando su radio de incidencia, las alergias, el asma y las enfermedades de la civilización (la O.M.S. reconoce que el 75% del cáncer tiene origen ambiental).

La solución a los problemas ecológicos debe adoptar una estrategia nueva. No basta con extender los catálogos de buenas prácticas, buenos consejos del estilo de reciclar, ahorrar agua, comprar electrodomésticos eficientes, etc., sino construir una nueva cultura. En ella, la calidad de vida no debe de medirse por lo que se posee, sino por lo que se es, por los valores con los que se vive, por lo gratuito, por el convencimiento de que la felicidad se alcanza a través de la realización personal y comunitaria de cada ser humano. Si nuestro interior está pleno y si la vida se vive con sentido (lo que para Victor Frank podía suponer la diferencia entre la vida y la muerte), el consumismo se desvanecerá porque perderá su condición de sucedáneo para personas insatisfechas. Vivir serenamente, con sosiego y atención, con agradecimiento más que con la ansiedad impaciente de conseguir metas materiales, será otro eje esencial que nos llevará a celebrar los acontecimientos diarios, en donde el encuentro con los demás debe tener un papel destacado.

Socialmente, debe ir cuestionándose la teoría del crecimiento. Según la población vaya entendiendo una forma diferente de afrontar la vida, descubrirá que importa más el desarrollo, que engloba más dimensiones que la puramente material. Y esta opción, no debe quedar sólo en palabras (o en  criterios personales), sino que debe manifestarse en una práctica coherente en la que se vayan construyendo y apoyando propuestas alternativas: apoyo al comercio justo, a las empresas cooperativas, a las finanzas éticas, a los circuitos cortos de suministro, a las dietas ecológicas y vegetarianas, a la mayor participación política y social. Crecer sin límites dará de bruces una y otra vez con el planeta mismo, por lo que las nuevas iniciativas están llamadas a ocupar los antiguos espacios.

En el nuevo paradigma, ser humano y naturaleza deben ir de la mano. Ambos comparten el mismo destino y lo que le ocurra a una parte repercutirá en la otra. Recuperar el contacto con la naturaleza debe constituir una tarea primordial para  conocer profundamente la vida (vine a los bosques para saber que realmente había vivido, nos decía H.D. Thoreau). La naturaleza es el gran crisol, la maestra, la inspiradora, la fuerza que serena y equilibra. Rachel Carson educaba en el asombro y Giner de los Ríos prefería un día sin clase a un día sin campo. La fraternidad, dimensión olvidada de la Revolución francesa, debe convertirse en cósmica, ya que todas las criaturas que poblamos el planeta (incluso más allá), cada una de ellas patrimonios únicos y milagros evolutivos, estamos interconectados por la trama de la vida, por el soplo vital que a todos alimenta y reúne. Dentro de estas conexiones universales nadie puede sentirse solo, pues todos estamos relacionados y toca al ser humano, como especie con sentido histórico y conciencia ética, cuidar y educar para la admiración y el respeto. Hasta que la compasión del hombre no llegue a todas las criaturas, afirmaba Albert Schweitzer, el ser humano no encontrará la paz.

Combinando educación, participación, ideales y compromiso, se puede fraguar una nueva cultura más universal, crítica, democrática y transformadora, con las prácticas y propuestas antes comentadas. Mas, aún queda un último paso: la organización. Habrá que avanzar en lo asociativo para desplegar la vocación comunitaria que todo ser humano tiene. El sistema nos quiere aislados, pero así resultamos inofensivos. Solo desde los espacios colectivos podremos sentirnos fuertes, unidos y sostenidos. Siguiendo a Freire, la liberación se logra en comunidad y la esperanza se construye colectivamente. Hay mucho por hacer y si lo ambiental es hoy una primera causa, lo social no nos puede resultar indiferente, son caminos paralelos, un medio limpio en una sociedad justa, lo que supone trabajar para erradicar la pobreza, algo que hoy sí sabemos cómo se puede conseguir: restitución, a través del 0,7%, comercio justo, precio de las materias primas fijado en los países de origen, levantamiento de aranceles, condonación de deudas indebidas, soberanía alimentaria acceso a las patentes, transparencia democrática…

Fuente: https://contrainformacion.es/

 

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