Feminismo que brota en las huertas

Además de alimentos sanos producidos desde la agroecología, en los territorios de la UTT hay mujeres organizadas que intercambian saberes, comparten recetas y se rebelan contra el machismo rural. ¿Qué piensan y cómo viven las productoras que nos alimentan?

En Buenos Aires, en uno de los mediodías más calurosos del verano, una persona (que puedo ser yo o podés ser vos) abre una heladera y saca una planta de lechuga para completar una ensalada. El calor es realmente agobiante y no dan ganas de prender ninguna hornalla. Al mismo tiempo, a unos 50 kilómetros al sur, en Colonia Urquiza, en una de las quintas que bordean la ciudad de La Plata, unas manos con las uñas pintadas de rojo cortan una planta de lechuga en un surco de tierra fértil.

La situación ocurre en un invernadero con temperaturas al menos diez grados más altas que las del resto de la zona; y las manos que cosechan las verduras son las de Silvia, una de las 16 mil productoras de la Unión de Trabajadores de la Tierra (UTT). Con el pecho empapado de sudor, Silvia sigue juntando verduras en una jornada de trabajo más que ocurre tanto en verano, bajo un sol radiante, como en invierno, con un frío que cala los huesos.

En esta quinta de Colonia Urquiza, cuando llega el peor horario de calor, Silvia y cinco compañeras más preparan un tereré y toman un descanso al resguardo de la sombra de la casilla ubicada en uno de los extremos del terreno.

Mientras el mate refresca sus cuerpos cansados, ellas charlan sobre la cosecha y el trabajo diario, pero también sobre cuestiones más personales: “El patriarcado acá, en el campo, se ve mucho más que en otros lugares. La cultura es muy machista, la quinta es como una burbuja, hay mucho aislamiento y también un abandono social y económico total por parte del Estado”. Quien habla es Rosalía Pellegrini, coordinadora nacional de la Secretaría de Género de la UTT y productora de plantas medicinales.

Lejos de someterse a las violencias que causa el patriarcado, las productoras de la UTT decidieron organizarse. Por eso hoy también son protagonistas fundamentales del enorme cambio de paradigmas que el movimiento feminista está marcando en todos los ámbitos sociales y culturales del país.

El agronegocio también es patriarcado

Feminismo que brota en las huertas

Ya más refugiadas del sol y mientras el tereré sigue pasando de mano en mano, uno de los primeros temas que surgen en la ronda de las mujeres de la UTT es el sistema perverso de producción alimentaria y la forma en la que nos envenenamos al consumir diariamente productos con altos porcentajes de agrotóxicos.

El agronegocio tal como lo conocemos hoy existe desde hace aproximadamente 50 años y es un modelo de trabajo a gran escala que está relacionado con todas las actividades productivas que se desarrollan en el campo: desde producir, procesar y almacenar productos agropecuarios, hasta distribuirlos y comercializarlos. Las únicas ganadoras son las corporaciones multinacionales (como Bayer-Monsanto, Dupont o Syngenta, por mencionar algunas de las más poderosas) que controlan la alimentación del mundo y que llegan a quedarse hasta con un 400% de ganancia.

Para ponerle un freno a ese gran saqueo empresarial y generar propuestas más sanas y equitativas, hace diez años surgió la UTT: una organización nacional de familias pequeño-productoras y campesinas que nació en la región de quintas que bordea la ciudad de La Plata y en los últimos años creció exponencialmente (hoy ya está presente en 16 provincias del país).

La UTT ofrece productos agroecológicos, sin químicos ni venenos, producidos sobre suelos recuperados y fértiles. Además, cuenta con canales directos de distribución, como los almacenes de ramos generales, locales de venta de bolsones de verduras, ferias de alimentos y los masivos Verdurazos en la vía pública, en los que la organización le ofrece al pueblo productos a precios accesibles.

La propuesta de la UTT se basa en la idea de “Soberanía alimentaria”: “Como sociedad –apunta Rosalía– podemos decidir qué comemos, cómo producimos ese alimento y en qué condiciones se accede al consumo de los alimentos: no es lo mismo si se accede a través del comercio justo, del contacto directo entre quien produce y quien consume, como es nuestra propuesta, que si existen otros tipos de intermediarios”.

La coordinadora de Género de la UTT encuentra una relación muy evidente entre los sistemas de producción del agronegocio y la violencia machista: “El agronegocio es un pacto entre varones en el cual, obviamente, nuestros compañeros también terminan siendo víctimas. Pero en ese círculo, a nosotras nos ponen como un sujeto de segundo grado, más oprimido, porque ni siquiera tenemos poder de decisión en ese modelo de producción, ni accedemos al conocimiento o a su técnica”.

«En mi familia yo tenía que ocuparme de todo, trabajaba más de doce horas por día y no podía manejar dinero porque mi marido no me lo permitía»

¿Cuáles son los efectos de esta avanzada? “Cuando el hombre interviene para dañar la naturaleza, corta las propias cadenas que esta tiene para regenerarse y seguir generando vida. El agronegocio se adueña de toda la riqueza que tiene la naturaleza y le impone un paquete tecnológico que es creado, sobre todo, a través de la biotecnología, en la cual el ser humano piensa que puede y tiene el control absoluto de todo. Así es como comienza a degradarse nuestro suelo y deja de estar habitado por microorganismos, por vida. Y así es como también la naturaleza va perdiendo lo que conoce de sí misma para poder construir ese equilibrio del cual todos y todas formamos parte”.

Rosalía, al igual que sus compañeras, asegura: “Por eso no queremos más ese modelo en nuestros trabajos, porque no vamos seguir negociando ni con la muerte de la naturaleza ni con la nuestra”.

Sin feminismo no hay Soberanía alimentaria

Feminismo que brota en las huertas

“Somos las mujeres trabajadoras de la tierra que producimos alimentos, cuidamos de nuestros hijos e hijas, de nuestros hogares, y hemos decidido comenzar a desterrar el machismo de nuestros territorios rurales, de nuestras fincas, quintas y chacras”, dicen las mujeres de la UTT cuando empezamos a conversar sobre la Secretaría de Género, uno de los ejes centrales de la organización en el que participan aproximadamente cien trabajadoras capacitadas en cuestiones de género.

La Secretaría también realiza encuentros, formaciones y talleres donde las mujeres productoras se organizan, se contienen y se ayudan en la búsqueda de soluciones concretas a las problemáticas diarias que padecen tanto dentro como fuera de sus trabajos. La desigualdad de género y la violencia machista son dos de los temas principales, comentan las productoras.

Ambas cuestiones están íntimamente relacionadas, porque las mujeres campesinas se encuentran en una doble condición de opresión: primero como agricultoras sin tierra, sin políticas públicas para ese sector; y luego por su condición de género.

Rosalía dice: “Acá las cuestiones de violencia de género son muy graves, y cuesta mucho salir para afuera. Hay muchas mujeres, por ejemplo, que siquiera manejan el dinero, ni tampoco deciden sobre la producción: existe un esquema en donde son peonas sin sueldo. Por todas esas cosas, uno de los debates principales que tenemos como Secretaría es la necesidad de que las mujeres formemos parte de las decisiones que se toman en nuestro trabajo respecto de la producción”.

Una de las funciones del espacio es formar “promotoras de género”, es decir, trabajadoras capacitadas para poder ayudar a otras compañeras en sus problemáticas. Para eso, las productoras realizan talleres y seminarios tanto en distintas instituciones y universidades, como también entre ellas mismas y con distintos profesionales; y luego empiezan con los acompañamientos.

Silvia, una de las promotoras de género, explica: “Acá hay muchas situaciones de violencia, no solo de pareja, también de los suegros, las suegras, o a veces de los mismos parientes, porque varias de nosotras no somos de acá. Yo, por ejemplo, llegué de Bolivia a los 18 años y cuando empecé a trabajar sufrí diferentes maltratos. También otra de las cosas que pasan es que hay compañeras que van a hacer varias veces la denuncia pero no encuentran respuesta. Entonces las promotoras hacemos el acompañamiento a la fiscalía y ahí se hace la diferencia, porque cuando una las acompaña puede ayudarlas a expresar mejor lo que les pasa, ya que muchas mujeres acá tienden a ser más calladas o a veces les cuesta hablar de los problemas que tienen”.

Plantas medicinales contra el machismo

De pronto, un viento sutil que hace mover las copas de los árboles llega hasta el terreno y pareciera amortiguar un poco el calor. Las productoras aprovechan el momento para ponerse a separar y ordenar las verduras cosechadas en distintos cajones.

Carolina, productora y referenta de género a nivel nacional, nos propone que la acompañemos a uno de los lugares en donde ella y otras trabajadoras de la UTT preparan plantas medicinales, uno de los trabajos alternativos que también funcionan a partir de la creación de la Secretaría.

Feminismo que brota en las huertas

Una vez allí, Carolina abre un frasco repleto de ramas de carqueja y nos lo acerca. Un aroma intenso a hierba invade por unos segundos el espacio. Mientras comienza a llenar unos frasquitos con gotero, la productora nos cuenta: “En mi familia yo tenía que ocuparme de todo, trabajaba más de doce horas por día y no podía manejar dinero porque mi marido no me lo permitía. Cada vez que necesitaba comprarle comida o ropa a alguno de mis seis hijos, tenía que pedirle por favor que me dé algo. Pero él sí podía gastar: se iba todos los viernes a tomar alcohol con sus amigos y volvía tardísimo, borracho, y encima quería tener relaciones. Yo no quería pero terminaba aceptando porque creía que era lo que tenía que hacer”.

Mientras habla, Carolina toma un marcador y va anotando con prolijidad la palabra “carqueja” en pequeñas etiquetas que tienen impreso el nombre de la organización: “En un momento, para que deje de ir ahí, lo empecé a ir a buscar yo con mi hijita de seis años. Y cuando él nos veía llegar, nos empezaba a tirar piedras, quería que nos volvamos a casa porque decía que le dábamos vergüenza. A pesar de eso, yo seguía yendo a buscarlo porque estaba angustiada y preocupada. Una noche de esas, cuando le estoy poniendo las zapatillas a mi nena para ir allá, ella me pregunta adónde vamos, y yo le digo que a buscar a papá. Entonces ahí mi hija me dice: ‘no, mami, no vayamos a buscar a papá, si siempre que vamos nos tira piedras, mejor quedémonos acá’”.

Al recordar esos momentos, la voz de Carolina se entrecorta por la angustia y luego de tomar un poco de aire, reflexiona: “Es increíble lo ciega que estaba, que hasta una nenita de seis años se daba cuenta de lo que estaba pasando y yo no lo veía”.

Antes de terminar de contar su experiencia, la productora remarca que fue también su acercamiento a la Secretaría de Género, primero como participante y luego como referenta, lo que la llevó a tomar conciencia y decisiones que la hacen sentir mejor.

En relación con esto, señala que lo más importante es que las compañeras puedan escucharse y compartir sus experiencias, sin tratar nunca de imponer nada: “Tiene que salir de nosotras mismas la decisión de lo que queremos hacer con las cosas que nos pasan”.

«No por el hecho de trabajar en una quinta o ser productora de verduras tengo que andar todo el día sucia o desarreglada”

Mujeres maravillosas y sanadoras

Algo que llama la atención de las siete mujeres de la UTT que trabajan en las quintas de Colonia Urquiza es que, a pesar de estar haciendo un trabajo que requiere un gran esfuerzo, en el que probablemente tanto la ropa como los cuerpos se llenen de tierra o se ensucien, ellas llegan a los terrenos con los ojos, los labios o las uñas pintadas, y con la ropa limpia y reluciente.

Zulma, por ejemplo, tiene los ojos delineados y lleva puesta una blusa color pastel, bordada con flores de distintos tamaños y colores. Al mencionar estos detalles, las productoras aclaran que de eso también hablan en las reuniones. Zulma remarca la diferencia entre cómo se siente ahora y cómo era en el pasado: “Antes yo trabajaba las 24 horas en la quinta, no podía salir a ninguna reunión y si lo hacía, para mi marido era ‘una floja, una vaga que le gustaba la calle’. Pero hoy en día ya puedo salir, ya me puedo arreglar, ya me puedo comprar la ropa que me gusta, porque no por el hecho de trabajar en una quinta o ser una productora de verduras tengo que andar todo el día sucia o desarreglada”.

Feminismo que brota en las huertas

Agrega: “Lo que empezamos a darnos cuenta últimamente es que nosotras también tenemos un tiempo, y que tenemos que darnos un espacio para pensar también en nosotras mismas más allá del trabajo, porque detrás de cada una existe una mujer fuerte, maravillosa. Y ahora, gracias a que nos empezamos a juntar, nos estamos dando cuenta de todo lo que valemos”.

Además de estos detalles significativos, también existen otras propuestas que surgen de la Secretaría de Género para modificar y mejorar la realidad de las mujeres de la organización.

La producción de plantas medicinales es un emprendimiento que comenzó hace un año con encuentros y talleres de capacitación. Las productoras no solo se ocupan del proceso completo de producción y comercialización de plantas, sino también de compartir todos los saberes que acumulan sobre la tierra y sobre la naturaleza.

“Hacemos remedios caseros que no tienen químicos porque seguimos la estructura agroecológica que plantea la organización: no queremos dañar a nuestros hijos con remedios como el ibuprofeno, por ejemplo; queremos tener nuestros propios remedios naturales, y a la vez que ese trabajo nos dé independencia económica”, cuenta Carolina.

Maritsa, otra de las productoras de plantas medicinales, dice: “Trabajar con plantas nos da muchísima autonomía. Además, es muy importante conocerlas y saber sus usos. Al principio empezamos recolectando las que nacen a nuestro alrededor, porque son muy poderosas y tienen grandes beneficios para nuestro cuerpo. También aprovechamos para compartir todos los conocimientos que tenemos sobre este tema. Yo, por ejemplo, solamente sabía utilizar cinco plantas, pero ahora, a partir de compartir saberes con mis compañeras, ya sé usar muchas más».

Algo que preocupa a las mujeres productoras de la UTT es el acceso al sistema público de salud, ya que los hospitales públicos suelen estar colapsados y la atención muchas veces no llega a ser suficiente. Por eso, la producción de plantas medicinales también puede ser una alternativa en ese sentido: “A veces pienso qué pasaría si dejan de traer medicamentos en los hospitales, o si dejan de atendernos -comenta Maritsa-. Si eso llegara a pasar, nosotras nos quedaríamos sin una forma de poder curarnos si no sabemos esto y si no lo mantenemos. Por eso es necesario saber curarnos a nosotras mismas, juntarnos y empezar a compartir todo lo que sabemos”.

Mientras la productora termina de hablar, Carolina nos acerca un recetario sobre plantas medicinales diseñado por ellas mismas en donde enseñan cómo es la sanación a través de estos remedios, la recolección, conservación y almacenamiento de hierbas, y los distintos productos que realizan: tinturas madres, ungüentos, repelentes para insectos y aceites esenciales, entre otros.

Un rato más tarde, en la quinta de Colonia Urquiza, cuando las productoras de la UTT retoman sus tareas después del descanso, el sol sigue brillando intensamente en el cielo y el calor continúa sin dar respiro.

De repente, no muy lejos del terreno, se escucha el sonido de un camión que se acerca. El vehículo estaciona en la entrada y el conductor saluda.

Mientras nosotrxs juntamos nuestras cosas para volver a casa, las mujeres de la UTT empiezan a cargar los cajones de las verduras cosechadas en la carrocería del camión. Para ellas, la jornada todavía no terminó.

– Fotos de Juan Pablo Barrientos.

Fuente: Revista Cítrica

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