El daño global de las granjas industriales

«No hay duda de que la pandemia existe y de que las cifras que se despliegan en páginas, mapas, canales de televisión y conferencias guardan una rima bastante cercana con lo que esté ocurriendo, sean una muestra del universo más amplio del que surgen, o el número crudo del estado de momento a momento de las sospechas, los contagios confirmados, las recuperaciones, los casos graves o las defunciones, término eufémico para la muerte, nada evanescente. Hoy sabemos que la “tormenta perfecta” que desató el brote de Covid-19 provino del estallamiento de varios contrapuntos tramados que tienen en su centro el sistema capitalista, y su concreción siempre industrializante».

Muchos hilos de eventos concatenados y descarrilados van tejiendo el escenario actual que atisbamos en un instante, en una gráfica, en un cuadro con cifras, pero que ha ido configurando este “estado de excepción” al que le nombran pandemia.

Y no hay duda de que la pandemia existe y de que las cifras que se despliegan en páginas, mapas, canales de televisión y conferencias guardan una rima bastante cercana con lo que esté ocurriendo, sean una muestra del universo más amplio del que surgen, o el número crudo del estado de momento a momento de las sospechas, los contagios confirmados, las recuperaciones, los casos graves o las defunciones, término eufémico para la muerte, nada evanescente.

Hoy sabemos que la “tormenta perfecta” que desató el brote de Covid-19 provino del estallamiento de varios contrapuntos tramados que tienen en su centro el sistema capitalista, y su concreción siempre industrializante.

Por un lado la reconfiguración de los entornos donde existen racimos, constelaciones de virus, que de pronto se acercan a las poblaciones animales que conviven más con los humanos. Esto tiene que ver con la deforestación, el acercamiento de poblaciones de animales salvajes, la producción industrializada de la comida (en particular la carne), pero también con el manejo de los desperdicios, el aire, el agua, y el hacinamiento creciente de poblaciones animales y humanas en un émulo muy tremendo entre barrios marginales y favelas, por un lado, prisiones públicas y privadas, centros de detención de migrantes, campos de refugiados, hospicios, grandes operaciones agroindustriales con barracas para los peones, y por otro las enormes y virulentas granjas fabriles, industriales, donde todo tipo de bichos, bacterias, virus, hongos se entrecruzan de modos violentos. Ahí no existe de ningún modo la convivencia, ni la escala a la que podrían existir estos organismos en los ambientes naturales donde coinciden y terminan cohabitando, sino ambientes de hacinamiento, entornos donde las escalas naturales fueron estalladas, rompiendo las relaciones existentes para imponer unas nuevas que propician las mutaciones, las exacerbaciones, los recrudecimientos, las degradaciones.

Así, el sistema capitalista entra en crisis, dejando en entredicho nuestros sistemas alimentarios. Y no obstante, los medios y los científicos incluso, y hasta gente que no tendría nada qué decir y tan sólo exhiben su gran carga de prejuicios de clase, como Paul McCartney el ex-Beatle, se declaran contra los mercados “húmedos”, por ser “medievales” y traer “más catástrofes que la bomba atómica”, cuando que tales mercados, en realidad mercados de productos frescos, al aire libre, han estado ahí de miles de años y siguen resolviendo el comercio y el intercambio de productos campesinos con normas de sanidad y confianza, que pueden variar pero no son para nada peores que las condiciones de insalubridad y potencialidad viral y bacteriana que las granjas industriales. Porque sabemos que la sanidad o inocuidad alimentaria, esconden tras de sí una exclusión de los sistemas no corporativos de producción y comercio de alimentos.

Tan sólo tres años antes de que comenzara el brote de Covid-19, decenas de miles de cerdos de cuatro granjas industriales del condado de Qingyuan en Guangdong, a menos de 100 km del lugar donde se originó el brote de SARS en 2003, murieron a causa de un brote de una nueva cepa letal de coronavirus (SADS) que resultó ser 98 por ciento idéntica a un coronavirus encontrado en murciélagos de herradura en una cueva cercana. Por fortuna no se produjo la transmisión a los humanos, pero las pruebas de laboratorio posteriores demostraron que tal transmisión podría haber sido posible.

La provincia de Hubei, donde se encuentra Wuhan, es una de las cinco mayores productoras de cerdos de China. En los últimos diez años, las pequeñas explotaciones porcinas de la provincia fueron sustituidas por grandes explotaciones industriales y por contrato con quienes producen a nivel medio, donde cientos o miles de cerdos con genética uniforme están confinados en naves con alta densidad de población. Estas granjas industriales son el caldo de cultivo ideal para que evolucionen nuevos patógenos.

Lo han estado diciendo infinidad de autores y centros de investigación independientes al servicio de las comunidades : “la industrialización y la consolidación corporativa de la producción de carne generan mayores riesgos para la aparición de pandemias mundiales como la de Covid-19. Los gobiernos y las grandes empresas cárnicas menosprecian por completo esta realidad”.

Tan es así que hacemos eco de las noticias en torno a las industrias Smithfield en Estados Unidos, filial ahora de WH Group, de China, que tuvieron que declarar un brote en sus instalaciones estadounidenses y son hoy ¡¡¡uno de los focos de contagio más denso del planeta!!!

“Estamos operando todas nuestras plantas al 100% y estamos produciendo tan rápido como podemos”, había señalado Ken Sullivan, director ejecutivo de la subsidiaria de WH Group en Estados Unidos, Smithfield Foods. “Creo que nuestros empleados, si bien algunos están preocupados, están agradecidos de tener empleo y recibir su cheque salarial, mientras que muchos en Estados Unidos temen perder sus trabajos o ya los perdieron”.

Cuando se supo del contagio, la planta de Sioux Falls (nos imaginamos que muchos trabajadores son lakotas de los alrededores), no detuvo sus operaciones e incluso otorgó un bono de 500 dólares a quienes no faltaran sintiéndose mal. “Para el 9 de abril, el número de casos reportados de Covid-19 en la planta se disparó a más de 80 y los trabajadores de Smithfield y la gente de Sioux Falls se preocuparon bastante. Se realizó una protesta en el exterior de la planta, usando automóviles, para apoyar a los obreros, luego que muchos de ellos mostraron su preocupación por las inseguras condiciones de trabajo, como no proporcionarles cubrebocas y forzarles a trabajar muy próximos unos a otros”.

Bajo presión, Smithfield accedió a un cierre de tres días para hacer “limpieza” durante el fin de semana. “Suspender la operación no es una opción. La gente necesita comer”, señaló el director. En los días siguientes, el número de trabajadores infectados en la planta continuó aumentando, y alcanzó el sobrecogedor número de 350 casos para el 13 de abril. La planta procesadora de carne de Smithfield, en este momento, daba cuenta de 40% de los casos de Covid-19 en el estado y llegó a convertirse en el peor foco de coronavirus en el país, con trabajadores que transmitían Covid-19 a sus familias y a sus comunidades y potencialmente mucho más lejos, a través de las extensas cadenas de distribución de la compañía. Sólo después que el alcalde de Sioux Falls enviara una carta al Director Ejecutivo de Smithfield, Ken Sullivan, firmada también por el gobernador, urgiendo a la compañía a cerrar la planta por un mínimo de 14 días, Smithfield cedió, y accedió cerrar la planta por un periodo “indefinido”.

Smithfield justificó el daño ocasionado a la salud de sus obreros señalando que estaba protegiendo las necesidades alimentarias de los habitantes de Estados Unidos. “Seguimos operando nuestras instalaciones por una única razón: mantener el suministro de alimentos de nuestra nación durante esta pandemia”, declaró Sullivan a Bloomberg News.

Pero la realidad es que la mayor preocupación de Smithfield durante el año pasado fueron sus exportaciones hacia China, donde el precio del cerdo es cuatro a seis veces más alto que en Estados Unidos. En junio de 2019, Smithfield comenzó a rediseñar sus operaciones en Estados Unidos para entregar carcasas de cerdo a China, que luego son procesadas en las plantas de WH Group en China. En los meses siguientes, los envíos de la compañía hacia China se triplicaron —lo mismo ocurrió con las utilidades de Smithfield.

Por si fuera poco, de las granjas fabriles tipo Smithfield, salen el 74% de los pollos y otras aves, el 68% de los huevos y el 40% de la carne de cerdo del mundo. Y esas fábricas producen también gases con efecto de invernadero. Es decir, este modo de producción de la carne tiene una gran responsabilidad sobre el cambio climático.

Los datos son abrumadores: en su conjunto las cinco principales corporaciones productoras de carne y lácteos del mundo, son actualmente responsables de un mayor número de emisiones anuales de gases con efecto de invernadero que compañías petroleras como Exxon, Shell o BP.

Y cada paso de su producción pesa. En las fábricas, el ganado se engorda con mucha soja y maíz transgénicos. En 2010, un tercio de la producción mundial de soja tuvo este destino. Se calcula que en 2050, la mitad del maíz y la soja transgénicos van a engordar animales que después llegarán a nuestras mesas. Esos granos se producen industrialmente. Esa industria es responsable de buena parte de la deforestación a nivel global. Por lo que los animales hacen. El estiércol produce gas metano, que es 28 veces más potente que el dióxido de carbono como gas con efecto de invernadero.

Cada año se producen 4 giga toneladas y media de emisiones de gases que provocan efecto invernadero a partir de los residuos de alimentos. La descomposición de la basura producida a partir de desechos de alimentos derivados de la carne es responsable de un 20 % de estas emisiones.

Por lo que la industria consume. Las fábricas de ganado necesitan combustibles fósiles y un brutal procesamiento industrial. De ahí sale el 20% de las emisiones de los gases con efecto invernadero que se generan al producir carne y lácteos.

Tales fábricas de carne, las granjas industriales, emiten gases que pruducen efecto de invernadero y van generando la actual crisis climática, y a la vez son factores de hacinamiento y proliferación de todo tipo de bichos: bacterias, virus, hongos, envenenamiento, miasmas sin fin, que terminan enfermando a muchísimos animales, y eventualmente también a quienes laboren en tales instalaciones.

Debemos entonces disminuir nuestro consumo de carne procedente de la producción industrial. Claramente no se trata de una lucha contra el consumo de carne en sí (aunque su disminución en la dieta de los países que más consumen pueda ser un aporte al clima y la salud), sino una lucha contra los sistemas corporativos que producen y procesan carne de manera industrial. Campesinas y campesinos del mundo han criado, comercializado y utilizado animales para su alimentación y otros múltiples usos por miles de años. Ese deberá ser el camino para que podamos, en el marco de nuestra diversidad cultural, seguir teniendo a la carne como parte de nuestra dieta

Pero con la producción industrial el escenario es alarmante para el futuro, porque si le añadimos la gripe H1N1 de hace unos años en México, y también la peste porcina africana que ya diezmó a una cuarta parte de la población de cerdos en el mundo, y ahora este virus que tiene semiparalizado el planeta, tenemos que repensar no sólo el sistema de producción alimentaria sino cómo erradicar (y será luchando) todas las formas de industrialización que se están tornando en némesis de la actividad humana en cada rubro que tocan.

Esas llamadas zonas de desperdicio ya proliferan por el mundo, inmersas y empantanadas en contaminaciones y envenenamientos, en mortandades crecientes y mutaciones letales, en deforestaciones y arrasamientos, incendios voraces y sequías petrificantes: una sinergia negativa entre gases con efecto de invernadero, crisis climática, devastaciones y contaminación más pandemias virales y patógenas irrefrenables.

En la vuelta de las cadenas de suministro, promueven la proliferación de alimentos procesados, de nuevo industriales, que cierran el círculo y nos anuncian catástrofes sin fin si esto no se detiene con enfermedades crónicas y degenerativas.

Como señaló el biólogo evolutivo Rob Wallace, “Cualquiera que intente comprender por qué los virus se están volviendo más peligrosos debe investigar el modelo industrial en la agricultura y, más en concreto, en la producción ganadera”. En la actualidad, pocos gobiernos y pocos científicos están preparados para hacerlo. Con la creciente mortandad del Covid-19, es más urgente que nunca un cambio radical en dirección contraria al actual sistema intensivo de producción cárnica”.

Fuente: GRAIN

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