Desmantelando el Racismo del Sistema Alimentario

El racismo —el maltrato sistémico contra personas por su etnicidad o color de piel —afecta todos los aspectos de nuestra sociedad, incluyendo nuestro sistema alimentario. Si bien, el racismo no tiene un fundamento biológico, las estructuras socio-económicas y políticas que desposeen y explotan a las personas de color, junto con la masiva desinformación al respecto de raza, culturas y grupos étnicos, hacen del racismo una de las injusticias más difíciles de resolver, generando pobreza, hambre y malnutrición. El racismo no es simplemente actitudes prejuiciosas o actos individuales, sino representa un legado histórico que privilegia a un grupo de personas por sobre otros. El racismo —individual, institucional y estructural— también obstaculiza los esfuerzos bienintencionados de construir un sistema alimentario justo y sustentable.

El racismo—el maltrato sistémico contra personas por su etnicidad o color de piel—afecta todos los aspectos de nuestra sociedad, incluyendo nuestro sistema alimentario.

A pesar de su omnipresencia, el racismo casi nunca es mencionado en los programas internacionales de ayuda alimentaria y desarrollo agrícola. Aún cuando los programas contra el hambre y de seguridad alimentaria citan frecuentemente estadísticas alarmantes, el racismo rara vez es identificado como la causa de las cifras desproporcionadamente altas entre las personas de color que sufren hambre, inseguridad alimentaria, envenenamiento por pesticidas y enfermedades relacionadas con la dieta. Incluso el ampliamente aclamado movimiento por la “buena comida”—con su abundancia de proyectos de agricultura orgánica, permacultura, comida saludable, agricultura con apoyo comunitario, mercados de agricultores y transformaciones de almacenes—tiende a abordar el problema del racismo de forma errática.

A pesar de su omnipresencia, el racismo casi nunca es mencionado en los programas internacionales de ayuda alimentaria y desarrollo agrícola.

Algunas organizaciones están comprometidas con desmantelar el racismo del sistema alimentario y centran su trabajo en estas actividades. Otras tienden a simpatizar con este problema, pero no son activas al respecto. Muchas organizaciones, sin embargo, ven el racismo como algo demasiado difícil, tangencial a su trabajo, o como un problema controversial que necesita ser evitado. El dolor, la rabia, el miedo, la culpa, la aflicción y la desesperanza que el racismo genera son abordados de manera dispareja en el movimiento alimentario, si acaso es tratado.

Casta, alimentos y capitalismo

 El término casta racial describe a un “grupo racial estigmatizado, preso en una posición de inferioridad producto de la ley y/o la tradición”. La casta racial es una de las consecuencias del desequilibrio jerárquico en el poder económico, político y social (el sexismo y el clasismos son otros). En Norte América y en gran parte de Europa, este sistema de casta racial privilegia a personas de complexión clara cuyos ancestros son del norte de Europa.

Cualquier país que haya sido sometido al colonialismo del norte ha sido estructurado por un sistema de casta racial en el cual ser blanco concede privilegios sociales. Este sistema fue desarrollado originalmente para justificar el colonialismo europeo y para permitir la explotación económica de las vastas tierras de las Américas, África y Asia. La desposesión absoluta a través de la conquista militar genocida y los tratados de gobierno afectó a 15 millones de personas indígenas—la mayoría de los cuales eran campesinos y vivían en aldeas—durante el periodo de expansión de Estados Unidos hacia el oeste. La colonización fue llevada a cabo en su mayoría por agricultores blancos y colonizadores blancos aspirantes a ser pequeños propietarios.

 En las Américas, los europeos y las personas de ascendencia europea asesinaron y despojaron a los pueblos indígenas de sus recursos naturales e incluso algunas veces los esclavizaron (por ejemplo, las misiones católicas españolas y las encomiendas). Las personas de las regiones de África occidental fueron esclavizadas, enviadas contra su voluntad a través del océano Atlántico y vendidas como esclavos para hacer trabajos extenuantes, principalmente en las plantaciones de azúcar, tabaco y algodón. Si bien los esclavos conseguidos a través de la guerra y el intercambio habían sido parte de muchas sociedades durante miles de años, el masivo comercio de seres humanos apareció hasta el advenimiento del capitalismo y la conquista europea.

En las Américas, los europeos y las personas de ascendencia europea asesinaron y despojaron a los pueblos indígenas de sus recursos naturales

La sobre-explotación de seres humanos esclavizados en plantaciones le permitió a los sistemas de esclavitud desplazar el trabajo asalariado agrícola durante más de doscientos años. Bajo la esclavitud, seres humanos fueron comprados, vendidos e hipotecados como propiedad. La enorme riqueza generada a partir de la esclavitud era enviada a los bancos del norte, donde fue usada para financiar la conquista militar, más plantaciones y por ende, la revolución industrial. La centralidad de la esclavitud y la desposesión en la aparición del capitalismo del siglo XIX va en contra de muchos mitos acerca de nuestro sistema alimentario (y del capitalismo).

 Como Bekert señala, “No fueron los pequeños campesinos del agreste campo de Nueva Inglaterra quienes establecieron la posición económica de los Estados Unidos. Fue el extenuante trabajo de los esclavos americanos no remunerados en lugares como Carolina del Sur, Mississippi y Alabama… Después de la Guerra Civil [y la Abolición de la esclavitud], surgió en los Estados Unidos y en otros países un nuevo tipo de capitalismo. Sin embargo, ese nuevo capitalismo —caracterizado ante todo por el trabajo asalariado y por Estados con capacidad burocrática, infraestructura y capacidad militar sin precedentes— había sido posible por las ganancias, las instituciones, las redes, las tecnologías y las innovaciones que emergieron de la esclavitud, el colonialismo y la expropiación de la tierra”.

La justificación social para la mercantilización de los seres humanos se sustentó en una supuesta inferioridad biológica de los individuos que eran usados como propiedad, y en la superioridad de origen divino, de sus dueños. Esta división del poder, la propiedad y el trabajo fue mantenida a través de la violencia y el terrorismo. También requirió de la constante justificación religiosa y científica construida sobre el concepto relativamente nuevo de “raza”. Los pueblos esclavizados fueron todos clasificados como Negros aunque provenían de regiones de África occidental que eran étnica y culturalmente diferentes. De la misma manera, los dueños de esclavos fueron catalogados como Blancos aunque provenían de diferentes áreas de Europa donde habían sido conocidos por sus vagos nombres tribales como Escitas, Celtas, Galos y Germanos.

Durante más de un siglo la esclavitud y la colonización produjeron de información “científica” errónea que intentó clasificar a los seres humanos sobre la base de sus rasgos físicos. Eventualmente, las personas fueron asignadas a una de las tres categorías raciales principales: Mongoloide, Negroide y Caucasoide; siendo considerados superiores los individuos caucásicos al atribuirles mayor inteligencia, belleza física y carácter moral. Los científicos discutieron sobre cómo clasificar a los muchos pueblos que no encajaba en ninguna de estas categorías (como los finlandeses, malayos y la mayoría de los pueblos indígenas de las Américas). La confusión de las categorías era de poca importancia para los objetivos políticos y económicos del racismo. Borrar sistemáticamente los orígenes étnicos, tribales y culturales de los pueblos del mundo, al tiempo que elevó una mítica raza caucásica, fue un ejercicio vergonzoso de una ciencia evidentemente mala, pero que perduró, pues apoyó a una poderosa élite en el control de la tierra, el trabajo y el capital mundial.

 La esclavitud tuvo una influencia tremenda en los sistemas alimentarios y de trabajo alrededor del mundo, y fue un pilar central del sistema de casta racial del capitalismo hasta que fue abolida al final del siglo XIX. En los Estados Unidos, después de casi tres años de una sangrienta guerra civil, la Proclamación de la Independencia de 1863 liberó de la esclavitud a los afroamericanos que vivían en los estados confederados (aunque costó casi dos años más de guerra antes de que los ex-esclavos pudieran abandonar libremente las plantaciones).La Enmienda #13 de la Constitución de los Estados Unidos puso un fin legal a la esclavitud en 1865. Sin embargo, después de un “momento de gloria” los afroamericanos que vivían en la antigua Confederación fueron rápidamente segregados y marginados a través de las leyes “Jim Crow”, diseñadas para mantener el sistema de castas raciales en ausencia de la esclavitud. (Las leyes Jim Crow son leyes locales discriminatorias emitidas en los estados confederados al sur de Estados Unidos, vigentes hasta 1965).

Sistemáticamente, la casta racial ha dado forma al sistema alimentario, particularmente, durante los periodos de escasez de mano de obra. Durante la II Guerra Mundial, por ejemplo, cuando gran parte de la fuerza laboral de los Estados Unidos estaba luchando en Europa y el Pacífico, el Programa Laboral Agrícola Mexicano (Mexican Farm Labor Program Agreement) de 1942 importó campesinos mexicanos para mantener funcionando el sistema alimentario estadounidense. Sin ellos, los Estados Unidos no podrían haber combatido en la guerra. Después de la guerra, el Programa Bracero trajo más de 4 millones de trabajadores agrícolas mexicanos. La mano de obra mexicana era barata y legalmente explotable. Para los Estados Unidos el “subsidio del trabajo inmigrante” transfirió billones de dólares en valor al sector agrícola, convirtió a la II Guerra Mundial en un “boom” agrícola que duró décadas y transformó las relaciones laborales en la agricultura.

Sin embargo, así como los afroamericanos no son reconocidos por su rol en el establecimiento de los Estados Unidos como una nación (o del capitalismo como su sistema económico), la casta racial vuelve invisible la contribución de los trabajadores agrícolas mexicanos a la supervivencia de los Estados Unidos durante la II Guerra Mundial y estigmatiza como ciudadanos a los estadounidenses de origen mexicano. Situaciones similares han afectado a inmigrantes asiáticos, filipinos y caribeños. Hasta el día de hoy, sectores importantes de los sistemas alimentarios de los Estados Unidos y Europa siguen siendo definidos por la mano de obra inmigrante desposeída y explotada del Sur Global. Su maltrato sistemático es justificado por el centenario sistema de casta raciales. 

El racismo en el sistema alimentario

 La propaganda llamando a “arreglar el sistema alimentario roto”, presupone que antes el sistema alimentario capitalista solía funcionar bien. Esta suposición ignora la extensa historia “racializada” del maltrato de la gente de color. El sistema alimentario es injusto e insostenible, pero no está roto—funciona precisamente como el sistema alimentario capitalista siempre ha funcionado; concentrando el poder en manos de una minoría privilegiada y distribuyendo desproporcionadamente las “externalidades” sociales y ambientales a grupos raciales estigmatizados.

Los afroamericanos alguna vez fueron dueños de 16 millones de acres de tierra agrícola (6,474,970 hectáreas). Sin embargo, después de décadas de las leyes de “Jim Crow” muchas granjas nacionales quebraron y junto con un Departamento de Agricultura (USDA) generalmente despreocupado (u obstruccionista), para 1997 menos de 20,000 campesinos negros eran dueños de sólo 2 millones de acres de tierra (809,371 hectáreas). La tasa de pérdida de tierra de los negros ha sido el doble de la tasa de pérdida de tierra de los blancos y en la actualidad menos de 1 millón de acres son cultivados por negros (404,685 hectáreas). Según el Censo Agrícola realizado por el USDA en 2012, de un total de 2,1 millones de agricultores nacionales, sólo el 8% son agricultores de color y sólo la mitad de ellos son propietarios de la tierra. Aunque la participación de la gente de color en las granjas está creciendo (en particular entre los latinos que ahora suman más de 67,000 agricultores), las personas de color tienden a ganar menos de $10,000 en ventas anuales, producen sólo el 3% del valor agrícola, y trabajan sólo 2,8% de la tierra agrícola.

Mientras que los agricultores blancos dominan como operadores y propietarios, los trabajadores agrícolas y de la alimentación—desde el campo al tenedor—son abrumadoramente personas de color. La mayoría recibe salarios de miseria, sufre excesivamente altos niveles de inseguridad alimentaria y experimenta casi el doble del nivel de robo de salarios comparado con trabajadores blancos. Mientras que el ingreso promedio de los trabajadores blancos de alimentos es de $25,024 al año, los trabajadores de color ganan anualmente $19,349. Los trabajadores blancos ocupan casi el 75% de los puestos de dirección en el sistema alimentario. Los latinos ocupan el 13% y los trabajadores negros y asiáticos el 6,5%.

La pobreza producida por trabajos mal pagados es “racializada”: de los 47 millones de personas que viven por debajo del umbral de pobreza en los Estados Unidos menos del 10% son blancos. Los afroamericanos constituyen 27%, los indígenas americanos 26%, los latinos 25,6% y los americanos de origen asiático el 11.7%.

La pobreza provoca altos niveles de inseguridad alimentaria en la gente de color. De los 50 millones de personas que sufren inseguridad alimentaria en los Estados Unidos 10.6% son blancos, 26.1% son negros, 23.7% son latinos y 23% son indígenas americanos.16 Incluso los trabajadores de restaurantes—una ocupación dominada por la gente de color (quienes deberían tener acceso a todos los alimentos que necesiten)—sufren el doble de inseguridad alimentaria comparada con el promedio nacional.

La raza, la pobreza y la inseguridad alimentaria se correlacionan estrechamente con la obesidad y las enfermedades relacionadas con la dieta; casi la mitad de los afroamericanos y más del 42% de los latinos sufren de obesidad. Mientras que menos del 8% de los blancos no-hispanos sufren de diabetes, 9% de los americanos de origen asiático, 12,8% de los hispanos, 13,2% de los afroamericanos no-hispanos y el 15,9% de las personas indígenas la padece. El gasto nacional en los costos médicos y la reducción de la productividad resultantes de la diabetes valorados en $245 billones al año son abrumadoras. La carga humana y económica que la diabetes y las enfermedades relacionadas con la dieta significa para las familias de color de bajos ingresos es devastadora.

Trauma, resistencia y transformación: un sistema alimentario equitativo es posible.

 Reconocer el racismo como fundacional en el actual sistema alimentario capitalista ayuda a explicar por qué la gente de color sufre desproporcionadamente de externalidades ambientales, abusos laborales, desigualdades en el acceso a los recursos y enfermedades relacionadas con la dieta. También ayuda a explicar por qué muchas de las alternativas prometedoras, como los fideicomisos de tierra, los mercados de agricultores y la agricultura con apoyo comunitario, tienden a estar dominadas por personas blancas. Hacer que estas alternativas sean accesibles para las personas de color, requiere un compromiso social con la equidad racial así como de un valiente compromiso con la justicia social. Garantizar la igualdad de acceso a alimentos saludables, a los recursos y a salarios dignos contribuiría en gran medida a “arreglar” el sistema alimentario.

 El trauma del racismo es ineludible. Además del dolor y la indignidad del abuso, las personas de color pueden internalizar información errónea respecto a raza que refuerza los estereotipos raciales. Así como el privilegio de los blancos beneficia a las comunidades blancas, pueden también inmovilizarlas a través de la culpa, el miedo y la desesperanza. Tanto el racismo internalizado como la culpa del blanco (white guilt) son daños social y emocionalmente paralizantes, y hacen del racismo algo difícil de confrontar e interrumpir.

Difícil, pero no imposible.

Desde antes del movimiento de abolición de la esclavitud y del “Ferrocarril subterráneo” de mediados de 1800, las personas siempre han encontrado maneras de construir alianzas superando las divisiones raciales. La historia del sistema alimentario de los Estados Unidos está repleta de ejemplos de resistencia y liberación: desde las tempranas luchas de la Unión de Campesinos Inquilinos del Sur (Southern Tenant Farmers Union) hasta los programas de alimentos de los Panteras Negras (Black Panthers), y los boicots y huelgas de los Trabajadores Agrícolas Unidos (United Farm Workers). Más recientemente, la Alianza de los Trabajadores de la Cadena Alimentaria (Food Chain Workers Alliance) ha peleado por mejoras en los salarios y las condiciones de trabajo. El aumento de los Consejos de Política Alimentaria (Food Policy Councils) local dirigidos por personas de color y la propagación de grupos de agricultores urbanos relacionados con la organización Growing Power reflejan un aumento en el liderazgo de esas comunidades, que tienen más intereses en juego en el cambio de un sistema que algunos han denominado “apartheid alimentario”. Las comunidades oprimidas han desarrollado formas de sanar el trauma histórico, existen grupos de consejería horizontal con habilidades para trabajar los sentimientos inmovilizadores de opresión internalizada, miedo, desesperanza y culpa. Todas estos recursos y lecciones históricos podemos utilizarlos en el movimiento alimentario.

El racismo todavía obstaculiza el camino hacia una “revolución por la comida buena”. Si el movimiento alimentario puede empezar a desmantelar el racismo en el sistema alimentario—y dentro del mismo movimiento alimentario—habrá abierto un camino no sólo para la transformación de este sistema, sino que también para terminar con el sistema de casta racial.

Por; ANA GALVIS

Fuente: Food First

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