Agroecología y Capital, una relación imposible

Grandes cadenas de supermercados comercializan productos certificados como ecológicos que ni pagan precios justos a los productores ni cumplen con los criterios agroecológicos.

Cuando se habla del futuro de la alimentación, hay muchos imaginarios diferentes que se mezclan en nuestras cabezas, en el telediario o en los publirreportajes que importantes periódicos editan en nombre de grandes empresas. En este momento quizá las narrativas podrían dividirse en dos: por un lado, la de la llamada Agricultura Climáticamente Inteligente (CSA, por sus siglas en inglés) y por otro la de la agroecología y la soberanía alimentaria.

La gran mayoría de movimientos ecologistas y campesinos de base del mundo apuestan por la segunda, y no por una especie de dogma antitecnológico o antiprogreso (a todo el mundo le gusta trabajar más cómodamente), sino porque muchas de las propuestas de esa “agricultura del futuro” hipertecnificada, cuadriculada y sin personas a la vista son incompatibles con sistemas alimentarios ecológicamente sostenibles y socialmente justos.

Los problemas ecológicos a los que nos enfrentamos no solo tienen que ver con el cambio climático o la crisis de biodiversidad, sino con el hecho estructural de que nuestro sistema económico necesita crecer infinitamente en un planeta que es finito, y depende necesariamente de materiales que, por definición, poco a poco se van agotando.

Nos encontramos en un momento en el que las principales materias primas energéticas – e importantes materias primas no energéticas – han superado o se aproximan a su pico de producción, lo que compromete a futuro la disponibilidad de materiales que hemos hecho esenciales para nuestro sistema alimentario.

La nueva ola de modernizaciones, dependientes de la informática y la electrónica, aumentan la dependencia de materiales cuya obtención resulta además problemática: los dispositivos electrónicos requieren del uso de minerales que se encuentran en el grupo de las llamadas “tierras raras”.

Las propuestas basadas en la agroecología, quizá por tener un fuerte arraigo en países del Sur, parecen tener una consciencia mucho más clara de la finitud de los recursos. Esto no significa que rechacen frontalmente toda tecnología, pero sí que consideran que la implementación de nuevas tecnologías requiere un análisis previo sobre sus impactos ecológicos y sociales, y sobre si son soluciones globalizables o disponibles solo para unas pocas personas.

¿Y en qué consiste esta alternativa? Esta pregunta puede abordarse desde dos puntos de vista: el técnico y el sociopolítico.

Desde un punto de vista técnico, la agroecología implica prácticas agronómicas que tiendan a imitar el propio funcionamiento de la naturaleza, respetando y potenciando la biodiversidad, la integración de distintos tipos de producción en un mismo sistema (no solo que una misma explotación produzca varias especies, sino que pueda tener a la vez aprovechamientos agrícolas, ganaderos y de otros tipos), sistemas más intensivos en mano de obra, minimizando los insumos externos, y priorizando la transformación artesana y las cadenas de distribución cortas.
Es frecuente que se confunda la agroecología con lo que comúnmente se llama “agricultura ecológica”, pero no son exactamente lo mismo. Dado que algunas de las propuestas procedentes de los movimientos por la agroecología en las últimas décadas han sido adoptadas por instituciones (por ejemplo la UE) con un enfoque más “de arriba hacia abajo”, en ocasiones se confunde la parte con el todo. Por poner un ejemplo, aunque la Agricultura Ecológica Certificada por la UE integra ya algunos criterios que coinciden con la propuesta agroecológica (como no utilizar pesticidas de síntesis o rotar cultivos…) siguen existiendo productos ecológicos certificados que se han producido de forma industrial bajo plástico, que han recorrido miles de kilómetros, que no garantizan condiciones dignas a las personas trabajadoras o que utilizan en su empaquetado tanto plástico como su equivalente convencional.

Cada vez son más las grandes cadenas de supermercados que comercializan productos certificados como ecológicos pero que acaparan la mayor parte de los beneficios económicos, no pagan precios justos a quienes producen y no cumplen con los criterios agroecológicos. Pero la agroecología va más allá de la agricultura ecológica no sólo en el ámbito productivo, sino en la consideración del sistema agroalimentario en su conjunto, y la propuesta de alternativas en la distribución y el consumo. En la práctica, por ejemplo, cada vez hay más grupos de consumo, es decir familias que se reúnen para contactar juntas con agricultoras y ganaderas y comprar directamente productos de este tipo- funcionan con criterios diferentes a los que exige la propia burocracia (y se guían por lo que saben de la persona que produce los alimentos al conocerla y no de si tienen o no “el sello”). Supermercados cooperativos, mercados campesinos, mercados de abastos o pequeñas tiendas de barrio son otros espacios alternativos a los canales convencionales.

Producir alimentos que integren algunos de los costes que el mercado convencional “externaliza” supone necesariamente un precio final más caro (porque la verdad, un pollo no puede costar 2 euros el kilo si no hay alguien, aquí o en el futuro, que esté pagando el resto del precio). Pero cuando oímos a una familia decir que “no les llega” para consumir alimentos sanos y sostenibles…¿debemos echar la culpa a los alimentos en sí, o al tipo de sueldos que consideramos aceptables? ¿Es aceptable un sueldo si no permite que una familia se alimente saludablemente?

El movimiento por la agroecología sigue luchando para que cada vez más personas tengan acceso a una alimentación que pueda considerarse verdaderamente “ecológica”, pero esta es una tarea complicada, especialmente dentro de los esquemas económicos más amplios en los que nos manejamos. Por eso las propuestas agroecológicas se enmarcan dentro del movimiento por la soberanía alimentaria

 

Autor; Gabriela Vazquez. Coordinadora del área de agroecologia de Ecologistas en Acción

Fuente: Mundo Obrero

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