Multitudes agroecológicas

Multitudes agroecológicas busca nutrir la imaginación política y la creatividad sociológica a fin de seguir pensando el difícil pero urgente proyecto de abrir las condiciones para las transiciones civilizatorias y las transformaciones poscapitalistas, en un contexto de inminente colapso del sistema hegemónicamente instituido. La obra muestra de qué manera una multitud de procesos agroecológicos hacen surgir lo inédito y de ese modo hilvanan la emancipación, en un escenario en el que parece imposible hacerlo.

PREFACIO

Me preguntaron hace algún tiempo por qué me gustaba la agroecología. Ante el cuestionamiento respondí de inmediato sin titubear: “me gusta porque es portadora de esperanza y la esperanza es la mayor fuerza política de los pueblos”. Aprendí de Gustavo Esteva que la esperanza no permite aplazamientos, pues su significado es contrario a la expectativa. En una vía opuesta a la espera, la esperanza es el arte mismo de la anticipación: hacer hoy y ahora lo que tiene sentido sin importar si se cumplirá o no el objetivo. Para mí la agroecología es esperanzadora por esa misma definición. No por un optimismo desinformado, no porque al fin tengamos éxito en nuestro empeño político; lo es porque tiene sentido, mucho sentido, acá, en el presente; porque vale la pena practicarla y luchar con ella por el mismo sentido que tiene, de manera independiente a un eventual resultado futuro. Me gusta el proyecto político agroecológico en la medida en la que es una utopía presentista que no posterga la transformación.

Multitudes agroecológicas

No es solo una fuerza reactiva contra las fuerzas del capital, sino un movimiento social con una propuesta concreta cuyo contenido prefigura un modelo civilizatorio de otro tipo. A contrapelo de la negatividad y el nihilismo desmovilizador del que se nutre el sistema, la agroecología es esperanzadora, pues más que gritarle un no rotundo al modelo necropolítico, es generativa de muchísimos síes. Su ánimo transformador rechaza este modelo suicida, pero lo hace mediante un impulso inspirador para que millones de personas en todo el mundo eviten la resignación de sucumbir ante el océano de muerte engendrado por el actual régimen alimentario ecocida, mientras de manera alegre regeneran ámbitos de comunidad y crean entornos reverdecidos.

La agroecología me gusta por permitirnos soñar. Por su capacidad de desplegar la imaginación de una vida más deseable y aplicable en términos más o menos precisos. Por ser capaz de liberar la ensoñación de la prisión de las certezas capitalistas y suscitar mundos distintos. Su virtud reside en que no infunde sueños ilusorios que se disipan en el horizonte, sino utopías que se traen al presente con acciones específicas, con rebeldías y desobediencias territorializadas por los pueblos en sus espacios de existencia. Gracias a la agroecología multitudes, en distintos rincones del planeta, están fugándose de los grilletes de la realidad existente, creando con sus esfuerzos colectivos otras imágenes de posibilidad, evocando otras alternativas de habitar, de un modo más convivencial, más acorde con los ciclos de la tierra.

La agroecología nos emancipa de la desesperanza y nos pone a tono con un futuro anticipado que se trae al aquí y ahora. La utopía agroecológica es creadora radical de esperanza, de imaginación; es artífice de sentido, lo que resulta esencial para estos tiempos aciagos. En un mundo que se desbarata día tras día, en el que pareciese que nada puede hacerse, requerimos móviles de esperanza: hálitos esperanzadores que nos permitan juntarnos para imaginar otros devenires y abrir caminos para tejer nuestros sueños posibilistas mientras rechazamos someternos a este orden inicuo.

Este libro se inscribe en el ánimo esperanzador de la agroecología para continuar alimentando su proyecto político. Su propósito, más que plantear una agenda para el movimiento social agroecológico, es abrir ciertas discusiones para seguir imaginando la difícil tarea de pensar la esperanza en el siglo XXI y el papel de la agroecología en el marco de esta empresa. Mi intención no es dilucidar los detalles de una sociedad futura. Si la vida es apasionante es porque es esquiva a dirigirse a destinos predecibles conforme a nuestra planificación y expectativa. Si algo podemos aprender de la historia es que siempre hay sorpresas que rebasan nuestra capacidad imaginativa. Por eso este trabajo no es una ficción futurista, ni tiene el fin de delinear un cuadro enteramente acabado de una sociedad poscolapso. Mi interés es formular algunos contornos teóricos que le permitan al proyecto agroecológico nutrir la imaginación para que cada territorialidad encuentre las condiciones de posibilidad para soñar sus propios sueños y hacerlos presentes.

La intuición que guía las siguientes líneas parte de la necesidad de imaginar otras formas de emancipación cuyo impulso derive en un desplazamiento del homo economicus por el homo habilis: del ser humano consumidor, al ser humano capaz de hacer en comunalidad. Pasar de aquella condición de la vida industrial que nos ha hecho incapaces de sanar, comer, habitar, transformar e intercambiar de forma autónoma, a un restablecimiento de la facultad común de producir y compartir valores de uso. Sostengo que este salto radical requiere la superación del principio de la escasez de la economía para dar paso al de la suficiencia, y argumento que para este propósito la agroecología tiene mucho por aportar. La invitación es a concebir una transformación civilizatoria embebida en el principio de la suficiencia que responda a un contexto de declive energético, ocaso del capitalismo y cambio climático.

Si es cierto aquello de que las comunidades no capitalistas se verán forzadas a sentar sus bases biofísicas y simbólicas en la energía solar, esto significa que ya no podrán fundarse en la productividad económica —como indica el paradigma de la escasez—, ni en la industrialización, sino en el don, la disipación; no en el crecimiento infinito y la acumulación privativa de energía, sino en el arte de mantenerse a la medida bajo ciertos límites dimen sionales disipando energía mediante el arte de dar y redistribuir.

Mi argumento es que la agroecología campesina y popular tiene la opción de convertirse en pieza angular de comunidades poscapitalistas que restauren tramas de vida y ámbitos de comunidad, tanto en áreas rurales como urbanas. El llamado es a estimular un tipo de imaginación social en la que la agroecología se practique, no para sostener e impulsar la industrialización a gran escala, sino para sustentar procesos dinámicos de arte-sana-lización comunal, en un tejido popular de multitudes, en el que circularán bienes rur-urbanos en flujos basados en la suficiencia y el don.

Lo que quiero proponer es un giro en la manera de comprender la transformación de nuestro tiempo, en la que tendremos que dar un vuelco a nuestros empeños políticos. Abandonar las promesas del progreso y el desarrollo —y su correlato de maximización de la productividad y adicción energética— y sustituir la forma patriarcal del Estado nación. Hacer un giro del contenido de nuestro proyecto político hacia una revolución estructurante, destituyente y constituyente, desde abajo y hacia los lados, compuesta de multiplicidades que disipan entre ellas la energía de forma comunal y local, y que tejen de forma colectiva distintas formas de afectividad ambiental. Lo que pongo en debate es cómo hacer acuerdos rur-urbanos entre multitudes de homo habilis, donde se combinen la campesinización agroecológica con la organización de trabajadores en barrios urbanos de pequeña escala, de modo que se articulen intercambios solidarios y autónomos en circuitos cortos y localizados.

En las páginas que siguen aspiro a profundizar en la intuición que nos dice que el futuro tendrá que ser local y comunal, lo que nos exhorta a desistir en la fascinación de lo sobredimensionado; a desintoxicarse de la adicción de convertir lo pequeño en grande, y a soñar, al contrario, desde otras dimensiones más reducidas, más limitadas en sus medidas. El tamaño y la proporción importan, y este ya no es el tiempo de lo descomunal, del gran formato: es el tiempo de la belleza de lo pequeño y lo bien proporcionado. Es la hora del desescalamiento, de lo desglobalizado, de lo desindustrializado, de lo localizado. Las multitudes no son muchedumbres, sino multiplicidades de comunidades autónomas de pequeña dimensión, gestionándose no en las divisiones administrativas metafísicas del Estado nación, sino en territorialidades que siguen los pliegues de la tierra.

Insisto. No quiero plantear una ingeniería social con pasos planificados para diseñar una constelación de comunidades de este tipo, sino estimular la imaginación utópica y la esperanza, y hacerlo de la mano de lo que en este texto denomino multitudes agroecológicas. Más que proponer un nuevo diseño sociológico, mi interés es tomar aliento no de un ensueño de escritorio, sino de la constatación de múltiples experiencias agroecológicas que, estudiadas gracias a un programa de investigación colectivo en el que participé entre 2014 y 2021, se pudieron sistematizar en doce países de América Latina, Asia, Europa y África.

En este grupo se usó el término masificación de la agroecología por su capacidad de ser fácilmente comunicable, pero estoy consciente de sus limitaciones. Las masas están asociadas a la uniformidad, a la unidad estandarizada, a la pasividad, al tumulto necesitado de gobierno. También usamos el término escalamiento que es peor aún. La escala suele denotar procesos que transitan de lo pequeño a lo grande, a lo industrial, a lo faraónico.

Nada más lejano a lo que deseamos expresar. He escogido en este libro adoptar el término spinoziano multitud, el cual se distingue de las masas indiferenciadas y del pueblo como identidad unitaria, por ser plural, múltiple y heterogéneo. La multitud, como explican Hardt y Negri (2004), se distingue de las masas indiferenciadas por estar compuesta de diferencias irreductibles a una unidad; por ser un concepto capaz de reunir la diversidad de clase, cultura, etnicidad y género; por ser una noción que actualiza el concepto marxista de la lucha de clases.

Me ha parecido útil, adecuado y abarcador usar este concepto retomado de Spinoza y reconstruido por Hardt y Negri, por su capacidad de expresar la multiplicidad, la autoorganización, y el papel activo de los agentes colectivos en la transformación de la realidad social. También por su intención de enlazar una diversidad de luchas en un mismo proyecto emancipador, y por entender que el poder es multisituado y que las multitudes deben estar al unísono en muchos lugares a la vez. Sin embargo, no tomo la noción al pie de letra. La pongo en diálogo y tensión con distintas fuentes teóricas y los hallazgos de la investigación colectiva antes descrita, con el ánimo de presentar un marco teórico original para la política agroecológica y situar su contribución en el contexto de las mudanzas civilizatorias.

Multitudes agroecológicas quiere dar cuenta, en un primer acercamiento, de un mejor término para enunciar lo que realmente hemos estamos pensando: muchas parcelas pequeñas y muchas familias en muchos territorios produciendo y comiendo agroecológicamente. Un fenómeno de los muchos en tanto
muchos. Pero también quiere expresar más: la forma en que la agroecología puede convertirse en un fragmento central para las transformaciones civilizatorias, de modo que trascienda la agricultura y que incluya una multiplicidad de ámbitos articulados en distintos espacios. La agroecología hoy es un movimiento social campesino y de lucha de clase por la soberanía alimentaria y la autonomía territorial. Pero también es capaz de convertirse en un eslabón fundamental de un proyecto más amplio.

Las siguientes líneas pueden leerse como una continuidad del debate planteado en Ecología política de la agricultura. Agroecología y posdesarrollo, publicado en español en 2018 y traducido al inglés en 2019. El punto de partida en ese trabajo fue comprender la agroecología en medio de las sofisticadas relaciones de poder y las estrategias de dominación de la agricultura contemporánea.

Asimismo, otro propósito fue mostrar cómo los procesos sociales de la agroecología podrían verse desde el marco descolonial del posdesarrollo. Este libro profundiza en este último argumento, ahondando en el debate de cómo crear procesos sociales agroecológicos emancipadores más allá de la lógica del desarrollo y el capitalismo. Para ello se presenta un marco teórico original de carácter posdesarrollista, cuyo propósito es elaborar una sociología política de la agroecología basada en mi experiencia estudiando el tema durante los últimos años.

Comienzo con una introducción que ofrece un horizonte de partida diferente al que suele usar la literatura agroecológica como lugar de enunciación. En vez de iniciar hablando de la crisis del sistema agroalimentario y sus múltiples efectos, hago una lectura de economía y ecología política del capitalismo en su conjunto, desde las coordenadas propuestas por Jason Moore, para pensar en cuál es el contexto en el que debemos sembrar las multitudes agroecológicas. Una vez hecho el diagnóstico de nuestro tiempo, en el primer capítulo propongo cinco claves teóricas para interpretar los procesos de territorialización agroecológica. El objetivo es partir de algunos fundamentos de teoría política para construir procesos agroecológicos verdaderamente emancipadores.

Tomando como referente el pensamiento de Iván Illich y sus seguidores, propongo varias pistas para imaginar cómo es posible regenerar la capacidad de los pueblos para solventar la vida de forma autónoma y hacer fluir valores de uso en comunidad, de modo que reencuentren su potencia interior a través de redes rizomáticas de encuentro. La explicación, un tanto abstracta, cobra todo su sentido en el segundo capítulo. En esa sección, muestro la manera en que se expresan estas claves teóricas en los procesos agroecológicos de los pueblos. En particular me concentro en la metodología de Campesino a Campesino, las expresiones organizativas populares, las pedagogías, las economías solidarias y los diseños urbanos recomunalizantes. El segundo capítulo debe leerse en conjunto con el primero para comprender cómo y sobre qué condiciones es posible construir una política agroecológica revolucionaria.

El tercer capítulo contiene un panorama que permite hacerse una idea del tamaño y carácter del movimiento agroecológico a nivel global. Propongo definir a este movimiento como una coalición de movimientos y esfuerzos ampliamente dispersos; como un movimiento plural y descentralizado que aglomera una multiplicidad de organizaciones y colectivos en numerosos espacios urbanos y rurales, enfocados en hacer transformaciones del sistema agroalimentario a escalas locales, pero que también disputan la hegemonía de los sistemas agroalimentarios y los medios de producción en las estructuras de poder. Realizo una clasificación para elaborar un ejercicio heurístico que ayude a verlo de manera conjunta, a dimensionar la magnitud que ha alcanzado, y a comprender cuál es el bloque histórico de lucha desde el cual partimos para empuñar este proyecto político. Cada caso lo ilustro con algunos de los ejemplos más representativos que han sido estudiados en la literatura sobre el tema. Asimismo, propongo una reflexión sobre la necesidad de articulación con los feminismos campesinos, indígenas, y populares, y con los movimientos étnicos, los de ecología política contra el despojo, los obreros de clase, y con los levantamientos populares masivos de nuestro tiempo.

El cuarto capítulo está dedicado a interpretar el proyecto agroecológico como parte fundamental de las transformaciones civilizatorias requeridas ante el colapso capitalista. Mi argumento es que el gran proyecto del siglo XXI tiene que ser un cambio profundo de esta civilización impulsada por la energía fósil, a otra civilización sustentada en la transformación de la radiación solar en biomasa. Una transformación de un sistema energético basado en petróleo, gas y carbón a otro sustentado en plantas e interacciones ecológicas mediante la creación de jardines agroforestales y sistemas agroecológicos diversos que alimenten a los pueblos.

Sin embargo, esta radical transformación no puede llevarse a cabo sin la lucha por la tierra y el territorio. Por eso la tierra y la agricultura recobrarán la importancia que han tenido en el largo conflicto de clases librado por los pueblos durante tantos siglos. El capítulo lo inicio señalando la necesidad de entender que los seres humanos no somos ecocidas incorregibles. A lo largo del curso de la historia, nuestra especie ha ayudado a enriquecer la vida en la biosfera y gran parte de ese efecto benéfico es obra del arte de la agricultura. Revisar la historia ambiental con ojos agroecológicos nos sirve para entender que una transformación civilizatoria como la requerida no significa “conservar” de manera pasiva, sino transformar y alimentar de forma activa los ecosistemas para que la reproducción de la vida se dinamice. Lo que requiere el actual estado planetario es reverdecer el planeta, tomando como nutrimento la radiación solar y las plantas como medio, mientras tejemos organizaciones sociales más equitativas.

Pero ello no se logrará sin una lucha masiva de clase por recuperar la tierra, de modo que los grandes latifundios y la tierra en las urbes se dividan y se distribuyan equitativamente. Lo anterior implica reanudar el ritmo de la lucha de clases con un claro propósito: redistribuir la tierra como sostén material de esos otros mundos que tenemos que ayudar a nacer.

El quinto y último capítulo problematiza el papel estatal para la territorialización agroecológica. Para ello se emprende una reflexión sobre el Estado contemporáneo, preguntándose por las posibilidades reales de lo que puede hacerse desde sus instituciones en nuestros días. Mediante un examen de las políticas públicas agroecológicas de gobiernos progresistas en América Latina, se reflexiona sobre el límite de los cambios permitidos cuando se plantean en términos de reformas graduales dentro del seno de la socialdemocracia. El texto plantea la preocupación de que los esfuerzos de los movimientos sociales sean cooptados una vez le apuestan a la política a través de las instituciones. ¿Cuáles son los riesgos que enfrentan los movimientos sociales cuando luchan de forma tan desproporcionada por políticas agroecológicas aceptando las coordenadas del sistema? ¿Y si renunciamos a la disputa por el Estado no estaremos dejando libre el campo para que el agronegocio se siga expandiendo? El capítulo discute la complejidad que enfrenta la agroecología en las arenas movedizas de la real politik, y finaliza discutiendo cómo y bajo qué condiciones deberíamos apostar por reformas, pero, ante todo, sobre las características de una revolución agroecológica como la que requiere el planeta en nuestros días.

Para finalizar este prefacio quiero extender algunos agradecimientos.

El primero de ellos es para Helda Morales por haberme invitado a participar como investigador en el proyecto titulado Masificación de la agroecología de El Colegio de la Frontera Sur. Fue por ese colectivo que pude estudiar, de manera sistemática, las experiencias más emblemáticas de la agroecología a escala global, y participar como cofundador y primer coordinador de la Maestría en Agroecología para cuadros de movimientos sociales. Le expreso a ese grupo compuesto por los investigadores Bruce Ferguson, Mateo Mier y Terán, Miriam Aldasoro, Limbania Vázquez y Peter Rosset, y por nuestros estudiantes de maestría y doctorado, todo mi cariño y agradecimiento. En especial quiero resaltar a Peter y a Valentín Val, con quienes he logrado hacer un colectivo de pensamiento sobre los temas presentados en este libro. Mucho de lo aquí dicho corresponde a reflexiones colectivas vertidas en el seno de nuestra amistad.

También deseo agradecer a mis amistades de los bienes comunales de la Selva Lacandona en Chiapas, y a Alberto Vallejo, Rosa Valentín y Jesús Andrade. Con este equipo y con activistas locales tzeltales y choles, se logró elaborar el Plan de Vida de la comunidad, al mismo tiempo que redactaba este trabajo. La metodología participativa para realizar el documento comunitario que guiará su política autónoma en los próximos años, mucho debe al pensamiento sobre el horizonte de la suficiencia que sigo aprendiendo de los pueblos indígenas.

Durante la escritura también organicé dos talleres virtuales de Campesino a Campesino con la escuela peruana Alsakuy, en los que participaron miembros de organizaciones campesinas de una veintena de países latinoamericanos, y un taller presencial en Ecovida, Colombia, para miembros de colectivos y agrupaciones campesinas de diferentes territorios del país. Asimismo inicié una colaboración con la organización maya Ka Kuxtal, en Hopelchén, Campeche, para apoyar sus procesos agroecológicos. Fui invitado como asesor de un fondo agroecológico para la península de Yucatán. Participé en algunas actividades para la conformación del Instituto Latinoamericano de Agroecología (IALA) de La Vía Campesina México; y fui invitado para realizar otras más con la Coordinadora Latinoamericana de Organizaciones del Campo (CLOC) y el IALA Paulo Freire de Venezuela. Los intelectuales orgánicos participantes en todas estas organizaciones campesinas e indígenas han sido guía permanente para desarrollar el argumento de este libro.

Agradezco a la Escuela Nacional de Estudios Superiores, Unidad Mérida, de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) por permitirme escribir este libro durante mi primer año en la institución y por aceptar publicarlo con su casa editorial.

También a Olga Domené y a Juliana Sabogal por leer el manuscrito y hacer observaciones que enriquecieron el texto. Del mismo modo, doy gracias a mis queridas estudiantes de la profundización Sociedad y Ambiente y de la asignatura en Agroecología, de la Licenciatura en Ciencias Ambientales de la UNAM, así como a mis estudiantes de la electiva Ecología Política de la Agricultura del Doctorado en Estudios Agrarios de la Universidad Nacional de Córdoba, Argentina, quienes leyeron borradores e hicieron importantes observaciones al texto. Además agradezco a la coordinación del Grupo de Trabajo de Agroecología Política del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO), en donde expuse algunas ideas preliminares del libro durante sus seminarios internos.

Del mismo modo expreso mi reconocimiento a Georgina Catacora, presidente de la Sociedad Científica Latinoamericana de Agroecología (SOCLA), por apoyarme en la consecución de los fondos necesarios para la impresión, así como a Julián Toro por el bello diseño de la portada y Jairo Andrés Beltrán por su trabajo en la formación de interiores. Finalmente, toda mi gratitud a mí compañera de vida, Ingrid Toro, por animarme a escribir esta obra, por creer en la importancia de su contenido, por debatir muchas de las ideas acá presentadas, y por apoyarme para que estas líneas fueran publicadas.

Abrigo la esperanza de que este libro, dedicado a abordar la agroecología desde una perspectiva sociológica y política, estimule la imaginación para acompañar, fortalecer o iniciar procesos agroecológicos emancipadores y revolucionarios. Al igual que mis libros anteriores en español, continúa el esfuerzo por evitar publicar en editoriales comerciales que limitan su difusión libre.

No quiero que ensayos como este se conviertan en una mercancía disponible solo para quien pueda pagarlos. Al contrario: mi deseo es que sean, desde el primer día, documentos libres que circulen de forma gratuita y, salvo algunos pocos ejemplares disponibles para la venta en papel, roten en correos electrónicos y redes sociales, y se impriman en fanzines autogestivos. Sueño con que esta decisión política de publicación germine en cosechas agroecológicas fecundas.

– Para descargar el libro completo (PDF) haga clic en el siguiente enlace:

Multitudes Agroecologicas (8,56 MB)

Contacto: Omar Felipe Giraldo –  omarfgiraldo@hotmail.com

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