La Rebelión de las Vacas; Crónica del cierre judicial de un feedlot

La promiscuidad, enfermedades imparables y las condiciones deplorables de encierro en la que viven los animales privados del pasto verde y de la libertad hacen del feedlot un lugar indeseable. La rebelión de 25 vacas dejó en claro la maniobra de un criador.

Salí temprano, tipo 5 de la mañana para la chacra de Piovanni por la ruta 3 hacia Las Flores. Aún era de noche y reinaba el imperio de los primeros fríos invernales legítimos de un junio de 2016.

La diligencia judicial se había fijado para las 10 hs. Llegué a la tranquera de la Chacra de Piovanni pasada las 8 hs. Me bajé del auto. De una caja de madera escondida debajo de una piedra tomé las llaves de la casa que estaba a unos 100 metros de la tranquera.

De estilo colonial, la casa era inmensa y todavía gobernaba un olor a nuevo, como si nunca hubiera sido habitada. Tenía varias habitaciones y un living enorme con un ventanal que ofrecía una vista hermosa al horizonte pampeano. En el patio interno, había una parrilla y un horno de barro que lucían brillantes. Lo bromearía a Piovanni luego, diciéndole que necesitaban fuego de bautismo y que cuando cerráramos el feedlot era un buen motivo para festejar con un pertinente asado argentino.

Desde que terminó la construcción de la casa, tres años atrás, Piovanni nunca había podido disfrutarla, sólo apenas un puñado de fines de semana. Al poco tiempo de inaugurarla, se instaló a 200 metros de la chacra un feedlot que paulatinamente se fue agrandando hasta llegar a albergar, según los cálculos de Piovanni, más de 1200 animales entre novillitos, novillos y vaquillonas en un espacio que no superaba la hectárea y media. El olor nauseabundo y nubes de moscas se apoderaron del lugar y en el verano o días de calor cuando soplaba viento norte, la casa era inhabitable.

El feedlot es un sistema de engorde intensivo de ganado mediante el suministro de una dieta de alto rendimiento en espacios reducidos impuesto por el modelo agroindustrial para quintuplicar el ingreso económico en la producción de carne vacuna en un plazo que oscila entre los 40 y 150 días. A diferencia de la invernada pastoril, que es la crianza a pastura en la que los animales crecen libremente respetando su ciclo natural en un tiempo de 10 meses a 2 años, según se trate de una invernada corta o larga.

La promiscuidad, enfermedades imparables y las condiciones deplorables de encierro en la que viven los animales privados del pasto verde y de la libertad hacen del feedlot un lugar indeseable, que además genera severos impactos ambientales, que fueron los que motivaron mi intervención como abogado ambientalista ante el pedido de Piovanni, a través de un amigo en común.

Olores desagradables, contaminación del suelo y las aguas subterráneas y superficiales, emergentes de la acumulación de las deyecciones de los animales y el movimiento de efluentes que no son tratados y que llevan los residuos de todos los antibióticos que les aplican a los animales ante la proliferación de enfermedades por el encierro, son consecuencias inevitables de un feedlot, que no debería existir como tal.

Contar las cabezas

A las 10 en punto y con un sol pampeano pleno que hacía un poco más amena la fría mañana, vi llegar, desde el ventanal de la casona, el auto de los funcionarios judiciales acompañado del patrullero de la policía rural. Caminé sobre una alfombra de escarcha los 200 metros que separaba la casona de Piovanni del feedlot.

En la tranquera de ingreso al establecimiento ganadero nos saludamos con el oficial de justicia, su asistente y los policías que lo acompañaban, a los minutos apareció un empleado del feedlot con cara adusta. No lo saludé aunque amagó a saludarme, sospechó que formaba parte de la comitiva judicial, lo que le quedó claro cuando el oficial de justicia me presentó como el abogado de Piovanni.

– «Bueno esto es simple, tenemos que hacer una inspección del lugar y un conteo de las cabezas de ganado que hay en el establecimiento, que es lo que dispuso Vuestra Señoría»- dijo el oficial.

– «No hay problemas» contestó el empleado del feedlot, y agregó «El ganado de engorde está en los corrales, listo para el conteo». «El resto ya está a campo abierto».

– «A qué se refiere cuando dice el resto ya está a campo abierto » pregunté con tono de sospecha en lo que era un evidente acto fallido del empleado, mientras el oficial de justicia hacía una mueca sugestiva y espontánea.

– «Al ganado de pastura, doctor» contestó el empleado con tono enmendador.

La diligencia judicial consistía en inspeccionar el lugar y contar todos los animales que había en el feedlot, tanto los que estaban en los corrales como los de pastoreo. La medida se había ordenado en el marco del amparo ambiental que Piovanni había interpuesto contra el empresario ganadero, con mi patrocinio jurídico. La finalidad del juicio era cerrar el establecimiento ya que al tener más de 300 animales bajo el sistema de engorde intensivo se trataba de un feedlot y no podía funcionar como tal al existir una vivienda a menos de mil metros, de acuerdo a la ordenanza local. También había una escuela rural, que estaba alcanzada por la distancia de protección.

El empresario alegaba cumplir con la ordenanza de la localidad de Las Flores argumentando que el establecimiento no tenía más de 300 animales bajo corral, cuando según Piovanni era común ver desde el living de su propia casa más de 1200 animales hacinados en los corrales. Había leído en un texto de cría de ganado intensiva que para el modelo básico de diseño de feedlot como el que era objeto de la intervención judicial, con 10 corrales, la relación debía ser 50 animales por corral. El propio Piovanni llegó a contar más de una centena por corral. Las condiciones del lugar con la formación de una laguna con agua putrefacta estancada y montículos de un alimento balanceado para alimentar a varias Arcas de Noé, le daban la razón.

– «¿Cuantas cabezas son en total las que hay ahora, contando las de corral y pastura?» – preguntó el oficial de justicia

– «925» – contestó lacónicamente el empleado.

– «Bueno hay que contarlas todas»- sentenció el funcionario judicial.

– «No es lo que me informaron» – espetó el empleado.

– «Acá hay una orden judicial que es clara, fue notificada y se tiene cumplir, aunque nos lleve más tiempo, no tengo apuros, empecemos por el conteo después recorro el establecimiento” – le marcó la cancha el oficial de justicia.

Resignado, el empleado se dirigió a uno de los corrales para empezar a transportar el ganado y hacerlo pasar por la manga. Con el oficial de justicia, su asistente y los policías nos colocamos sobre una tarima que estaba a la altura del sector de la manga. Desde ahí se iba a realizar el conteo.

Los 300 animales, entre novillos, novillitos y vaquillonas que estaban distribuidos en los 10 corrales, empezaron a pasar mansamente. Primero ingresaban a un corral amplio que era como una sala de espera previo a desfilar por la manga. Los animales entraban a ese corral en fila india con un caminar cansino, sin ofrecer resistencia, como si se tratara de una rutina diaria a la que ya estaban acostumbrados. Me sorprendió la expresión triste de sus ojos. Era la primera vez que vivía esa situación.

Cuando pasaron los 300 animales de los corrales, el empleado del feedlot se subió a un caballo y acompañado de dos perros se dirigió hacia un sector de campo abierto donde estaba el resto del ganado. Según lo que él mismo había informado, eran unos 625 ejemplares, que supuestamente nunca estuvieron en los corrales, pues era ganado de pastura, tal como lo había argumentado el empresario en el expediente judicial, y que era el centro de la sospecha.

El empleado del feedlot fue arreando sin inconvenientes de a grupos de 50 vaquillonas, novillos y novillitos, que igual a los que estaban hacinados en los corrales, venían sumisos hasta la manga y pasaban mansamente. Se contaron 600 animales en el transcurso de 3 horas.

Para finalizar el conteo, restaba un último grupo de 25 animales. Era el trámite final. Sin embargo, el empleado empezó a demorar y de repente observamos que el ganado restante se mostraba muy arisco y no obedecía a sus gritos ni a los ladridos de los perros. Los animales se movían desafiantes haciendo movimientos zigzagueantes. Ofuscado, el empleado empezó a gritar cada vez más fuerte, mientras intentaba al paso del galope acertarles con un palenque. Luego de más de 40 minutos, pudo lograr que el ganado rebelde quedara adentro del corral previo a la manga. Se bajó raudamente del caballo, desencajado revoleó al aire el palenque y cerró el corral, estaba como exhausto y seguía a los gritos, porque el ganado a pesar de estar encerrado, continuaba con una actitud reticente, dispuesto a no pasar por la manga.

Y así fue. De repente los 25 terneros y vaquillonas comenzaron a ponerse cabeza a cabeza formando una ronda perfecta. El empleado volvió a subirse al caballo y le pidió a uno de los policías que le abriera la tranquera del corral. Una vez adentro, les empezó a tirar el caballo y se sacó el cinto del pantalón y con el extremo de la hebilla le empezó dar duro en el lomo de las vaquillonas y terneros.

– “Vamos mierda, entren vacas del orto” gritó enfurecido, mientras seguía con la descarga furiosa de cintazos sobre la osamenta de los terneros y vaquillonas.

Los animales permanecían firmes e inmutables.

Entonces intervino el funcionario judicial.

– “Listo ! No hace falta que entren a la manga, son 25”. – Dijo el oficial de justicia. “Podes largarlos” agregó.

El empleado había sido humillado. Le vi el rostro colorado, que era o de la presión alta o de vergüenza, mientras se pasaba la palma de la mano para sacarse la sudada que le había provocado el grupo rebelde de terneros y vaquillonas.

Se terminaba la diligencia judicial con un sabor amargo igual para mí. Ya que el informe del funcionario podría dar cuenta objetivamente de que había 300 vaquillonas, novillitos y novillos en los corrales y 625 a campo abierto, por lo tanto, no lograba acreditar el funcionamiento ilegal del lugar. Se había tratado de una diligencia procesal con un resultado desfavorable a priori y que obligaba a producir la prueba testimonial para poder cerrar el caso favorablemente.

En realidad, al juez de la causa le había solicitado un allanamiento para que la inspección se realizara de modo sorpresivo, y no mediante una diligencia de reconocimiento como la que dispuso, en la que el empresario quedó notificado y por lo tanto preavisado.

El acto fallido inicial del empleado era una evidencia clara de la preparación del escenario, dejando esa mañana sólo 300 animales en los corrales y el resto a campo abierto. El empresario salía airoso de la situación, más allá que el informe del oficial de justicia no podía ignorar las condiciones deplorables del lugar que le daba la razón a Piovanni. Además del maltrato a los animales, el aire era irrespirable y tornaba imposible vivir cerca de ahí.

El capot del patrullero estacionado en el ingreso al feedlot, funcionó como un escritorio improvisado para firmar el acta de la diligencia y culminar con la inspección judicial. Cuando ya me retiraba hacia la chacra de Piovanni, para volver a Buenos Aires, el auto en el que iba el funcionario judicial pasó lentamente por mi costado para agarrar el camino hacia la ruta.

La rebeldía

– “Doctor, ¿se percató de lo que sucedió con el último grupo de animales?”– me preguntó el funcionario desde el asiento de acompañante con el vidrio bajo.

– “Sí, se rebelaron mal” – le respondí queriendo disimular mi condición citadina, mientras seguía caminando a la par del auto que se detuvo.

– “Sí, pero hay algo más importante que surge a partir de su duda cuando le preguntó al empleado a qué se refería cuando dijo que “que el resto ya está a campo abierto” – me inquirió nuevamente.

– “Es que mi cliente y los testigos que ofrecimos dicen que casi todos los animales están bajo corral” – le contesté.

– “Bueno a eso me refiero. Los animales también hablan con sus conductas, el ganado que vino manso no conoce otra vida fuera del corral, mientras que en el último grupo es todo lo contrario, de ahí la fuerte resistencia que opusieron. 30 años de veterinario no son en vano, doctor. ” – Me remató con su experticia sin agregar más nada.

Ya en Buenos Aires a las dos semanas era notificado de la sentencia del juzgado que se fundaba en el informe resultante de la inspección judicial y del conteo del ganado.

El funcionario judicial le hizo saber al juez las circunstancias de la diligencia y lo que me había adelantado solapadamente, afirmando que la conducta rebelde del último grupo de 25 animales, acostumbrados a la vida libre, mostrándose reticentes a entrar en la manga, por resultarles un lugar ajeno y extraño al que nunca habían ingresado, era una evidencia clara que nunca fueron sometidos al proceso de feedlot. Por lo tanto del número total de animales que había en el establecimiento, sólo 25 eran de pastoreo mientras que los restantes 900 llevaban vida de encierro.

El funcionario concluyó que verificadas las pésimas condiciones del lugar, era indubitado que ese establecimiento rural funcionaba efectivamente de modo ilegal como un feedlot. El juez dispuso entonces su clausura. Lo llamé a Piovanni para darle la buena noticia. Estaba contentísimo.

–“Te debo un asado para inaugurar la parrilla”.– Me dijo entusiasta.

Me acordé en ese instante de los ojos de aquellos novillitos, novillos y vaquillonas, mirándome antes de pasar por la manga y más todavía de la conducta estoica del grupo rebelde formando una ronda en una señal instintiva de resistencia inolvidable que nos permitió cerrar el caso favorablemente.

Entonces le respondí.

-Dejala, que siga brillando.

Publicado originalmente en Pelota de Trapo

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