Feminismos y agroecología. Un entrelazamiento esencial

La FAO reconoce que las mujeres son “un recurso crítico en la agricultura y la economía rural”, aunque enfrentan enormes restricciones sociales, políticas y económicas. En todo el mundo, en comparación con los hombres, las mujeres realizan más trabajo doméstico no remunerado, reciben menores salarios por el mismo trabajo, son más vulnerables a la inseguridad alimentaria y tienen menor acceso a la tierra, a la tecnología y al apoyo del gobierno, lo que en parte se debe a políticas e instituciones patriarcales capitalistas.

Aunque se aboga generalmente por la reestructuración de los sistemas alimentarios hacia modelos más equitativos, inclusivos y democráticos, el aporte de las mujeres ha sido olvidado o ignorado aun cuando la opresión histórica de las mujeres está estrechamente ligada a la explotación de la tierra.

Como movimiento social, la agroecología fomenta la diversidad, la intensidad de conocimiento y la independencia con respecto a los insumos externos, a la vez que crea y mantiene redes sociales. Además, provee un escenario donde las voces, conocimientos y necesidades de muchas mujeres pueden expresarse en una estructura democrática. 

Los movimientos políticos que luchan por la soberanía alimentaria y la democratización y descentralización de los sistemas alimentarios muchas veces usan la agroecología entre sus prácticas.

En la lucha por la soberanía alimentaria y la incorporación de la agroecología, la igualdad de género y el empoderamiento de las mujeres también son prioridad. El empoderamiento de las mujeres en las comunidades campesinas, al igual que los procesos de la agroecología, debe ser localmente adecuado e impulsado por la propia comunidad teniendo en cuenta las intersecciones entre las historias múltiples y el contexto, respetando las estructuras comunitarias y ecológicas existentes.

El empoderamiento de las mujeres está íntimamente relacionado con ideales feministas, pero el feminismo es una construcción compleja y diversa, y sus ideales deben ser utilizados e implementados con cautela. Algunas formas de acción que buscan el empoderamiento de las mujeres rurales bajo el nombre de “ecofeminismo” han sido dañinas e ineficaces. Por ejemplo, un programa de desarrollo internacional llamado Mujeres, Medioambiente y Desarrollo, diseñado con premisas ecofeministas, idealizó los roles de las mujeres agricultoras en Jharkhand, India, ignorando algunos tabús culturales sobre por qué las mujeres no tienen derecho a arar el suelo, y “minimizaron la naturaleza socialmente construida de conocimiento sobre el medio ambiente y las estructuras subyacentes que influyen en la utilización y gestión de los recursos naturales” (Jewitt, 2000).

Es por esto que son fundamentales las preguntas sobre qué formas de feminismo son concebidas, por quién son planteadas, y si las acciones tendrán efectos positivos.

Judi Bari, cuyo trabajo ha sido influenciado por el ecofeminismo, dice que “cuando la naturaleza está por ser destruida por las corporaciones imperialistas en países del tercer mundo, una de las estrategias que implementan las potencias coloniales es desarraigar a las mujeres de sus roles tradicionales como guardianas de los bosques y de las tierras de cultivo.
Por esta razón, muchos movimientos medioambientalistas del tercer mundo son en realidad movimientos de mujeres”. Sin embargo, cuando la lógica del ecofeminismo es apropiada por agencias de desarrollo occidentales puede perpetuar valores individualistas que “hegemonizan el feminismo” y los roles que las mujeres juegan en la adquisición del conocimiento ecológico (Hernández Castillo, 2012).

Es imperativo considerar que cada comunidad practica versiones diferentes de feminismo que son construidas en las intersecciones de género con otras identidades, como las étnicas y las de clase social. Por ejemplo, muchas mujeres zapatistas en Chiapas, México, enfrentan una opresión de “etnia, clase y género” que moldea las versiones de feminismo presentes en la comunidad. Factores de identidad como la etnicidad, la clase social, el género, la orientación sexual, la edad, la habilidad, la historia, la cultura y el medio ambiente, entre muchos otros, forman las prioridades y acciones de muchas comunidades y regiones. Nadie puede estar más familiarizado con las intersecciones de estos factores que las mujeres mismas de las comunidades; de ahí la importancia de que ellas sean quienes definan sus propias versiones de feminismo y de acción para una mayor participación y acción colectiva.

El libro Feminismos desde Abya Yala de Francesca Gargallo Celentani (2013) tiene investigaciones sobre múltiples formas de feminismos practicadas por diferentes grupos de mujeres indígenas en América. Las “modernidades coexistentes” consideran diferentes formas de género que varían entre comunidades y que conciben la voz, el empoderamiento y la autonomía no solamente para sus cuerpos individuales, sino para la unidad comunitaria. Todo eso conforma varias versiones indígenas de feminismo, junto con muchas otras causas que se suman a sus “liberaciones plurales”. No es coincidencia que comunidades donde se reflexiona sobre feminismo sean también las que se interesan en prácticas agroecológicas y soberanas.

Luchas de género en la agricultura a lo largo del mundo

En muchas partes del mundo, tanto en países “desarrollados” como en países “no desarrollados”, las mujeres están participando en proyectos relacionados con la agroecología en sus comunidades. Asimismo, algunos temas en el “Norte global” (específicamente en los Estados Unidos) relacionados con luchas y movimientos de mujeres en el sistema alimentario muestran que varias de las mayores batallas incluyen temas como la seguridad alimentaria, la nutrición, el desarrollo comunitario y las pequeñas granjas orgánicas diversificadas.

El sistema alimentario “depende de la opresión estructural de las mujeres” y especialmente de la opresión de mujeres de minorías étnicas en esa comunidad. En Nueva York, las mujeres afroamericanas participan directamente en la justicia alimentaria, “cultivando comida fresca en huertos urbanos en todo el barrio, que llevan a las personas de la comunidad […] Trabajan para deshacer el estigma y la idea de que los bajos ingresos impiden el acceso a los alimentos frescos” (Puet, 2014).

En el “Sur global” muchos movimientos y luchas comunitarias, agrícolas y de mujeres, giran en torno a los derechos individuales y comunitarios, y alrededor de la preservación del conocimiento, la cultura y la diversidad ecológica. Las voces de las mujeres zapatistas de Chiapas ayudan a entender sus preocupaciones. Muchas mujeres necesitan desempeñar una “doble militancia”: por la autonomía de sus propios cuerpos contra la opresión patriarcal y por la autonomía de sus comunidades contra el gobierno y la opresión racial (Hernández Castillo, 2012). La Ley Revolucionaria de la Mujer ilustra los derechos de la mujer que incluyen: educación, salud, seguridad, alimentación, participación comunitaria y democrática, prestación de servicios voluntarios en las prácticas revolucionarias de acuerdo a sus capacidades, integridad física (abolición de la violencia doméstica), elección del momento y la persona con quien quiere contraer matrimonio, participación en el gobierno organizativo y reconocimiento militar. Esta ley es un avance progresista enorme, aunque su implementación enfrenta grandes retos dado que se trata de un cambio cultural integral. El movimiento zapatista y el más amplio movimiento de liberación femenina indígena (que incluye a las mujeres de más de 20 etnias presentes en el territorio mexicano) muchas veces tienen agendas e ideas sobre el empoderamiento diferentes a las de sus contrapartes feministas urbanas (Hernández Castillo, 2012).

Sin pretender jerarquizar, idealizar, homogeneizar o polarizar las luchas de las mujeres en la agricultura, es esencial
reconocer que los desafíos varían de acuerdo con la historia y los contextos. En muchos casos las luchas de las indígenas se centran en la conservación de la identidad y de la tierra en vez de centrarse en regresar a ella, como sí suele darse en el entorno urbano. Aun así, todos los movimientos comparten algunas características: las mujeres en la agricultura están luchando por ser reconocidas como sujetos políticos creativos y activos.

Beneficios mutuos de los feminismos y la agroecología

La agroecología y los feminismos están estrechamente interconectados y cada movimiento tiene el potencial de ayudar al otro. Por ejemplo, los principios que se aplican a los aspectos científicos en la agroecología también se pueden aplicar a algunos movimientos sociales y al empoderamiento femenino, entre ellos la importancia de la diversidad ecológica y social, el enfoque en sistemas holísticos, el reconocimiento de sinergias dinámicas y enlaces entre muchas partes, la validez ecológica y el uso de prácticas no explotadoras.

En diferentes lugares y culturas las mujeres están ligadas a diversos modos de promoción de la diversidad biocultural. Koohafkan y Altieri (2010) señalan la importancia de los huertos domésticos gestionados por mujeres en muchos tipos tradicionales de agricultura, donde se usan muy pocos pesticidas y hay una plétora de frutas y hortalizas.

La valoración del conocimiento tradicional muchas veces coincide con la valoración del conocimiento de las mujeres, como ilustra el caso de las mujeres mapuche de Chiloé, Chile, uno de los centros de origen del cultivo de la papa y, por eso mismo, una de las áreas más diversas con respecto a la producción del tubérculo. Las mujeres se asumen como guardianas de la papa y cuando sus hijas se casan intercambian canastas con diversos tipos de papas entre familias.

Implicaciones en el cambio climático

Los importantes impactos que las mujeres tienen en la agroecología, y los que la agroecología tiene en los movimientos de mujeres, tienen implicaciones mayores. Organizaciones como La Vía Campesina reconocen que muchas luchas están interrelacionadas: el rechazo a las corporaciones transnacionales, la resistencia y adaptación al cambio climático, la prohibición de la violencia contra la mujer, el combate contra los agrotóxicos y la promoción de la soberanía alimentaria tienen componentes paralelos de anticapitalismo, antipatriarcalismo y justicia ecológica (La Vía Campesina, 2014). La promoción de todos estos movimientos interconectados promueve comunidades sanas, más justas ecológica y socialmente, y más sostenibles, resistentes y resilientes frente a desafíos internos y externos.

Debido a la necesidad económica o a la tradición cultural y al conocimiento, las mujeres campesinas son a menudo –aunque no siempre– las que diversifican sus cultivos y aseguran su sostenibilidad dinámica, contribuyendo a la resiliencia ecológica frente al cambio climático. No es coincidencia que la resiliencia social al cambio climático reflejada en los procesos agroecológicos sea exactamente lo que muchos movimientos de mujeres están buscando crear para ellas mismas.

La Vía Campesina también reconoce cómo los derechos de las mujeres están interrelacionados con otras luchas. En su campaña para detener la violencia contra las mujeres (especialmente en áreas rurales), la organización intenta exponer condiciones laborales, fortalecer a las organizaciones femeninas y su participación en el proceso de toma de decisiones, fortalecer las alianzas, presionar a los gobiernos para que respeten los tratados internacionales y los acuerdos que combaten la discriminación y la violencia, y producir material educativo sobre estos temas que puedan ser ampliamente distribuidos.

Elementos comunes entre los movimientos

Queda mucho por descubrir sobre la contribución de las mujeres a la diversidad genética y nutricional de sus familias y comunidades, a la resiliencia climática y a la conservación de vida silvestre. Todas estas prácticas promueven interconexión comunitaria, autonomía, independencia de insumos externos dañinos y de algunas fuerzas políticas y económicas. La agroecología puede impulsar aún más las luchas de las mujeres ya que con la democratización y la descentralización de los sistemas alimentarios se crea una mayor necesidad de trabajos, salarios y procesos políticos justos. Dado que las mujeres históricamente han luchado más contra el trabajo excesivo y el pago injusto, se deben priorizar sus voces en la promoción activa de comunidades agroecológicas.

De Schutter (2012) revela que “los asuntos de género se incorporan en menos del 10% de la asistencia para el desarrollo en la agricultura, y las agricultoras reciben solo el 5% de los servicios de extensión agrícola en todo el mundo” con el objetivo de aliviar esta situación, haciendo esencial que se tomen medidas para las mujeres y por las mujeres en cada localidad. Es difícil entender cómo es posible que estas nociones se tomen como radicales cuando en realidad son pilares básicos de la democracia.

Mujeres agricultoras en aumento

En muchas regiones de América Latina y África está ocurriendo el fenómeno de la feminización de las zonas rurales debido a la creciente urbanización y a la falta de empleo en el campo, factores que producen la migración de los miembros masculinos de las familias a las ciudades en busca de trabajo para enviar remesas a sus hogares. Las mujeres y los niños permanecen en el campo y aprenden a participar en la pequeña agricultura de subsistencia. En las zonas urbanas con altos niveles de desigualdad, más agricultoras urbanas se organizan y comparten conocimientos para brindar alimento y prestar apoyo comunitario mutuo. Este es un fenómeno que trasciende los límites percibidos de los hemisferios “Norte y Sur”.

Frente a la tendencia global hacia el aumento de la presencia e influencia femeninas en la agricultura, es fundamental preguntarse por qué está ocurriendo este proceso y realizar más investigaciones sobre este tema.

Kathleen Uyttewaal

Licenciada en Estudios de Conservación con enfoque en sistemas agroalimentarios sostenibles, orientada a diálogos feministas por su experiencia en diversas cooperativas. Actualmente realiza investigación agroecológica en Maule, Chile.
kathleen_uyttewaal@berkeley.edu

Referencias

– Koohafkan, P., y Altieri, M. A. (2010). Globally important agricultural heritage systems: a legacy for the future, Roma: ONU-FAO.
– Bari, Judi (1999). Revolutionary Ecology. Redwood Summer Justice Project, 5 de febrero de 1999. www.judibari.org/revolutionary-ecology.html (acceso: 05-12-2014).
– Gargallo Celentani, Francesca (2013). Feminismos desde Abya Yala. Santiago de Chile: Quimantú.
– Hernández Castillo, R. Aída (2012). Entre el etnocentrismo feminista y el esencialismo étnico: las mujeres indígenas y sus demandas. Debate feminista, 12(24).
– Jewitt, Sarah (2000). Unequal Knowledges in Jahrkhand, India: De-Romanticizing Women’s Agroecological Expertise. Development and Change, 31, 961-85.
– La Vía Campesina (2014). Informe de la VI Conferencia Internacional de La Vía Campesina. Yakarta.
– Puet, Brad (2014). The Female Farmer Project. The Huffington Post, 11-11-2014. www.huffingtonpost.com/bradpuet/the-female-farmer-project_b_6131032.html (acceso:

Fuente: LEISA

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