“A mí me cuesta lo mismo cultivar ahora que antes”: la crisis de insumos desde una perspectiva agroecológica

Cuando Jesús Cabanillas dejó su trabajo como fotógrafo para dedicarse a la agricultura, tenía una cosa clara: no quería que su huerta dependiera de las vicisitudes de los mercados internacionales. Así que Cabanillas no sólo ideó una huerta agroecológica; también decidió que no utilizaría combustibles fósiles para sus cultivos. “Yo quería una huerta que no se viera afectada por el exterior. Y ahora se ve la diferencia. A mí me cuesta lo mismo cultivar ahora que en 2019”, explica.

El aumento de los precios de los insumos agrícolas está poniendo en aprietos a agricultores de todo el mundo. El coste de los fertilizantes se ha triplicado en los últimos dos años, según el Banco Mundial, sobre todo por la subida del gas natural. Los herbicidas también están subiendo y el glifosato, el más popular, llegó a triplicarse el año pasado en algunas regiones de Estados Unidos. Una de las mayores preocupaciones es, sin embargo, el precio del diésel, que ha aumentado hasta un 70% en países como España y es difícil de encontrar en Ucrania.

El ejemplo de Cabanillas es singular. Su huerta, cultivada en bancales bajo los principios de la permacultura, no llega a una hectárea y todo se hace a mano. “Sólo usamos una pequeña cantidad de diésel tres veces al año para la desbrozadora”, asegura. Pero otros agricultores agroecológicos también están agradeciendo su menor dependencia de los combustibles fósiles y de los insumos sintéticos. “Los agricultores convencionales generan mucho dinero, pero también tienen que gastar mucho dinero y al final no les queda nada”, explica Jon Jandai, un agricultor instalado en el norte de Tailandia, que tiene una granja agroecológica desde hace más de 3 décadas.

En su escuela, el Pun Pun Center for Self-Reliance, Jon Jandai enseña ahora a otros agricultores tailandeses cómo salir del mercado tradicional. “Muchos agricultores tienen miedo de arruinarse si intentan ser orgánicos porque no saben dónde vender”, explica.

“Pero nosotros les enseñamos a que primero cultiven para sí mismos y luego para vender fuera. Yo quiero que vean que cuando hacen agricultura convencional es como que estuvieran trabajando para otra persona, no para ellos”, asegura.

Uno de los principales beneficios de estos sistemas es que los productores pueden establecer sus propios precios, explica Shamika Mone, presidenta de la Red Intercontinental de Organizaciones de Agricultores Orgánicos (INOFO). “En la agricultura orgánica, puedes decidir tu propio precio para tu producto”, asegura. “Pero los agricultores convencionales tienen problemas porque tienen que vender en los mercados normales y esos mercados tienen su propia política”, continúa.

Así, a pesar del incremento de precios en los insumos agrícolas, la compensación que reciben los agricultores convencionales no ha aumentado de forma proporcional y su calidad de vida se va deteriorando. Según un estudio realizado en el estado indio de Punjab, las familias de agricultores, especialmente con propiedades más pequeñas, sufren de inseguridad alimenticia porque los ingresos obtenidos por sus cosechas son insuficientes para cubrir sus necesidades. El analista sobre agricultura Devinder Sharma asegura además que, mientras que los ingresos de los profesores en India se ha incrementado entre 280 y 320 veces desde 1970 y el de los funcionarios hasta 150, el precio del trigo que se paga a los agricultores sólo se ha incrementado 19 veces desde entonces.

¿Una revolución fallida?

Aunque buena parte de la comida que se produce en la actualidad se cultiva en parcelas tradicionales de menos de dos hectáreas –hasta un 35% de la producción total usando sólo el 12% del terreno agrícola– y a menudo con pocos productos químicos, la agricultura ecológica certificada es aún minoritaria. Así, supone un 1,5% del área cultivada en el mundo con más de 72 millones de hectáreas gestionadas por 3 millones de agricultores en 187 países, según el Instituto de Investigación de la Agricultura Orgánica FiBL y de IFOAM. Y sin embargo, su crecimiento ha sido continuado durante los últimos años, y en algunos países, como en la India, la tendencia era sólida: en el país asiático la superficie para cultivo orgánico aumentó un 18,6% en 2019.

Pero la mala prensa que ha habido en torno a la agricultura orgánica en países como Sri Lanka les está poniendo las cosas difíciles, asegura Shamika Mone. “Nos ha hecho mucho daño. Hay muchos detractores de la agricultura ecológica y les ha resultado muy fácil utilizarlo”, asegura. En abril de 2021, el todavía presidente de Sri Lanka, Gotabaya Rajapaksa, anunció una prohibición a la importación de productos químicos agrícolas. La medida respondía, sin embargo, a la incapacidad que el país tenía de hacer frente al pago de esos compuestos, inmerso en una larga crisis empeorada por la pandemia. Tras la prohibición, algunas cosechas bajaron su rendimiento y la crisis se agravó durante los meses siguientes. Pero Mone recuerda que el gobierno de Sri Lanka ya había anunciado sus intenciones de promover la agricultura ecológica en 2015 debido a los problemas de salud detectados en agricultores por el uso de pesticidas. “Fue un proceso gradual pero no se ha contado bien”, asegura la presidenta de INOFO.

La agricultura agroecológica no implica necesariamente una productividad menor cuando está bien gestionada, y sobre todo cuando se combinan los cultivos, explica Jon Jandai. “Es difícil hacérselo ver a los agricultores porque la comparación no siempre es sencilla”, asegura. Un estudio llevado a cabo en India y publicado por la Universidad de Cambridge le da la razón. El estudio avisa de que, a pesar de que se han realizado pocas investigaciones sobre el rendimiento comparado de los pluricultivos, los resultados son consistentes: la productividad por unidad de tierra de las parcelas con varios cultivos es mayor que cuando tienen un único cultivo.

Los canales de venta son, sin embargo, más complejos. En el caso del Pun Pun Center for Self-Reliance, el propio centro ayuda a los agricultores que se han formado allí, más de 100.000 desde 2004, a vender sus productos a través de una red que han denominado Thamturakit (negocios justos, en tailandés).

Para permanecer en la red, los agricultores deben comprometerse a cultivar diversas variedades bajo los principios de la agroecología. Jesús Cabanillas, por su parte, utiliza una lista de WhatsApp para estar en contacto con sus clientes a quienes vende directamente, algo que también utilizan en India, explica Shamika Mone, así como otras redes sociales como Facebook o Instagram. “El problema principal es que el mercado ecológico es muy nicho, pero los costes de gestión son los mismos. Con el arroz convencional puedes transportar grandes cantidades y te resultará barato. Con el orgánico sólo puedes mover cantidades pequeñas y es más caro”, explica Jon Jandai.

Los proyectos agroecológicos también requieren de mayor mano de obra, especialmente cuando no se utiliza maquinaria. “Yo llevo tres años haciendo bancales y aún no he terminado. Con un tractor lo haría en una mañana”, asegura Jesús Cabanillas. “Es muy duro al principio pero luego funciona la huerta sola”.

Todas estas dificultades llevan a que el precio de venta sea mayor. “Aún está limitado a una clase alta que mayoritariamente vive en las ciudades. Aunque estamos haciendo un esfuerzo para que sea más accesible a personas de otros estratos”, asegura Shakima Mone. Sin embargo, para Jon Jandai la brecha se está cerrando poco a poco por el incremento de los precios de los alimentos convencionales. “Nuestro precio sigue siendo mayor, aunque se ha mantenido más estable. Pero los precios de la comida convencional en Tailandia se están disparando”, asegura. Y es optimista sobre el futuro. “Creo que habrá cada vez menos diferencias porque hay más gente interesada en la comida orgánica”, concluye.

Fuente: Equal Times por Laura Villadiego (Carrodecombate.com)

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