Hija de una tierra envenenada

A sus casi 79 años Tran To Nga dice estar librando “la” batalla de su vida: intentar que 14 transnacionales paguen por su responsabilidad en el uso durante la guerra de Vietnam del “agente naranja”, que a ella y a millones de sus compatriotas les destruyó el cuerpo y la existencia. El juicio que les inició en 2014 en Francia entró en su etapa final.

Entre 1962 y 1973 Estados Unidos derramó sobre Vietnam decenas de millones de litros de agentes químicos.

El objetivo confeso eran privar a los combatientes del Vietcong de sitios donde esconderse en las selvas y las zonas rurales. Los ataques con esas armas químicas afectaron directa e indirectamente a millones de personas. Muchas de ellas murieron en los años siguientes. Otras han sufrido enfermedades espantosas. Ellas y su descendencia.

Millones de hectáreas de tierras fértiles fueron también completamente arrasadas y los campesinos de las zonas fumigadas perdieron sus medios de vida. Además de un crimen de guerra, un ecocidio.

Un informe oficial estadounidense de 2003, elaborado por la química Jeanne Stellman, calculó entre 2,1 y 4,8 millones el número de afectados directos por las armas químicas empleadas por su país en Vietnam.

André Bouny, un francés que desde hace años investiga sobre el tema y que ha publicado libros extremadamente documentados, entre ellos Apocalipsis Vietnam, dice que las cifras del llamado “informe Stellman” son un mínimo. Que los afectados directos son “al menos” 5 millones y que Estados Unidos lanzó sobre Vietnam mucho más veneno que el que reconoce.

Bouny preside el Comité Internacional de Apoyo a las Víctimas Vietnamitas del Agente Naranja, uno de los responsables de que algo de ayuda les llegue a las decenas y decenas de miles de personas que nacen aún hoy en Vietnam “con una apariencia que escapa a la morfología genérica de la especie humana” y que sobreviven aisladas, casi sin cuidados, porque “avergüenzan” incluso a sus familias, en su gran mayoría compuestas por campesinos pobres.

Cinco décadas después de terminada, la guerra de Vietnam sigue y seguirá matando, dice Bouny.

De ahí, entre otras cosas, la importancia del juicio que inició en 2014 Tron To Nga, la primera víctima civil directa de las fumigaciones estadounidenses que logró sentar en el banquillo a las empresas responsables de la fabricación de esos productos.

El peor veneno

El “agente naranja”, llamado así por la franja de ese color que llevaban los bidones en que se lo transportaba, representó el 62 por ciento del total de los defoliantes lanzados desde los aviones de la Fuerza Aérea estadounidense durante la guerra de Vietnam, dice el “informe Stellman”.

No es cualquier cosa este agente: la Organización Mundial de la Salud lo clasificó entre los peores venenos existentes y lo catalogó como “altamente cancerígeno” en humanos, al igual que lo hizo el Departamento de Salud de los propios Estados Unidos.

En su composición intervienen dos herbicidas, el 2,4-D y el 2,4,5-T, y también una dioxina, llamada TCDD, agregada al 2,4,5-T y que hace al complejo particularmente dañino.

Estudios científicos han determinado que además de cáncer el “agente naranja” provoca alteraciones embrionarias y en el desarrollo fetal y es capaz de modificar el ADN celular, trasmitiéndose de generación en generación a través de la cadena alimentaria. Su permanencia en el ambiente puede prolongarse hasta por cien años.

Una y otra vez fumigada

“Soy hija del Mekong, del colonialismo y de la guerra. Soy hija de una tierra mágica y envenenada”, escribió Tron To Nga en su autobiografía, Mi tierra envenenada, publicada en Francia en 2016.

Nacida en el sur en tiempos de la guerra de Indochina, en la cual sus padres fueron parte de la resistencia al colonialismo francés, su adolescencia transcurrió en un país partido en dos. Creció en el norte ya liberado, donde su familia la mandó para protegerla, pero siendo todavía muy joven volvió al sur para combatir contra el invasor estadounidense.

Peleó con las armas y con la pluma, porque era periodista.

En su libro recuerda con detalles el momento en que fue fumigada por primera vez por un C-123 estadounidense que volaba a baja altura, dejando “una mancha blanca en el cielo azul” y en su cuerpo “una lluvia pegajosa”.

Su madre pone el grito en el cielo, le dice que se quite la ropa, que se lave de inmediato. Ella lo hace, pero le quita importancia a lo sucedido. “¿Qué podía representar la fumigación de un banal herbicida en medio del apocalipsis que rodeaba a nuestro querido Vietnam en llamas? (…) Sin embargo, con esa ducha tóxica el mal comenzó a anidar en mi cuerpo”, escribió.

Unos meses después fue víctima de una nueva fumigación, cuando como periodista iba “a los lugares más peligrosos del frente” para dar cuenta de lo que estaba sucediendo.

Desde ese 1966, cuando no superaba los 24, padeció todo tipo de patologías, pero recién en los 2000 sospechó que podían estar vinculadas a aquel “herbicida” que le fumigaron desde el aire.

Era demasiada casualidad que sus hijas y sus nietas tuvieran problemas de salud similares. Su primera hija había muerto en 1969, con menos de año y medio de edad, por una malformación cardíaca que también presentan sus otras dos hijas, además de enfermedades óseas, cutáneas y otras.

Ahora sí

El semanario parisino Politis cuenta en una de sus últimas ediciones de enero que la literatura científica que leyó ya estando en Francia y los testimonios a los que accedió fueron convenciendo a Nga de que algo tenía que hacer.

Y que fue decisiva su visita en 2008 a uno de los campamentos en los que sobreviven víctimas directas e indirectas del agente naranja, donde vio a “adolescentes sin manos ni piernas, a bebés deformes, a gente sin edad” ni rasgos reconocibles.

“Investigaciones científicas continúan hoy en todo el mundo para demostrar de manera irrefutable la transmisión de los efectos del agente naranja hasta la tercera generación, incluso la cuarta”, señala Politis.

En 2011, Nga se realiza exámenes de sangre en un laboratorio alemán.

Presentaba niveles de toxina bastante mayores a la media, le descubren nódulos subcutáneos y le diagnostican diabetes, cloracné, una enfermedad genética de la hemoglobina y una malformación cardíaca transmisible, patologías que en 1996 la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos había incluido entre las 17 que provoca la exposición al agente naranja.

En 2014, inicia el juicio contra las empresas fabricantes del veneno ante un tribunal de Evry, la localidad de la periferia parisina donde vive.

Seis años duró “la previa”, entre la presentación de documentos y los intentos múltiples de los defensores de las empresas de trancar el proceso y de cuestionar la jurisdicción francesa sobre el caso.

El 25 de enero el juicio entró en su etapa final, con los alegatos de ambas partes. A Nga la defienden tres abogados, a las empresas un verdadero ejército.

El primer juicio de un civil

La acusación intentó en un comienzo juzgar a 26 transnacionales estadounidenses que operaban en los sesenta en el sector agroquímico. Casi la mitad quedaron luego al margen, porque no se pudo probar que tuvieran relación con la fabricación del “agente naranja” o simplemente porque desaparecieron.

Entre las 14 que siguen acusadas figuran Dow Chemical, Uniroyal, Occidental Chemical, TH Agriculture y Bayer, actual propietaria de Monsanto.

Ya hubo otros procesos judiciales contra algunas de esas compañías. Todos fueron impulsados por veteranos de guerra estadounidenses y también por sudcoreanos, que −al igual que australianos, canadienses, neozelandeses, tailandeses, filipinos− combatieron junto a los invasores norteamericanos y resultaron también envenenados.

En Estados Unidos un juez, Jack Weinstein, condenó en 1984 a Monsanto y a otras seis agroquímicas a pagarles a esos veteranos unos 180 millones de dólares por daños a su salud.

Pero tiempo más tarde, el mismo Weinstein le negó el derecho al reclamo a la Asociación de Víctimas Vietnamitas del Agente Naranja (VAVA). Los vietnamitas no tenían “bases legales” para litigar, consideró. Un tribunal de apelaciones lo confirmó y la Suprema Corte le cerró definitivamente las puertas a la VAVA.

En Corea del Sur la justicia ordenó a dos transnacionales, Monsanto y Dow Chemical, indemnizar a los veteranos de guerra demandantes. Sin embargo, tras maniobras diplomáticas estadounidenses, apuntó Politis, nunca llegaron a cobrar un dólar.

Crímenes de “servicio público”

Politis cuenta que las líneas de defensa de las empresas son tres: que ellas no son culpables de daño alguno porque obedecían a órdenes del gobierno de Estados Unidos en tiempos de guerra, que desconocían las consecuencias del “agente naranja” sobre la salud humana y que Tran To Nga no puede demostrar que sus enfermedades de hoy, ni las de su descendencia, tengan que ver con ese defoliante.

Uno de los abogados de Monsanto-Bayer llegó a decir que esa empresa, como sus colegas, “estaban realizando un acto de servicio público” en favor de su país en guerra y que no podían decirle que no al esfuerzo patriótico que se les reclamaba.

“No hay guerra que justifique el recurso a armas químicas”, dijo William Bourdon, uno de los defensores de Tran To Nga, y sacó a luz además documentos oficiales según los cuales los gobiernos estadounidenses de la época (del de Kennedy al de Nixon, pasando por el de Johnson), por criminales que fueran, no obligaron a las empresas a producir el “agente naranja” sino que llamaron a licitación y las agroquímicas se precipitaron en masa a ofrecer sus venenos al ver la rentabilidad del negocio.

Una banda

“No hace falta conocer El Capital de Marx de memoria para saber que la lógica de la ganancia conduce a las mentiras a las grandes empresas. No hubo requisición militar sino una licitación y las empresas respondieron como un solo hombre, como una banda organizada”, dijo el abogado.

“Son tan responsables ellas como el gobierno”, agregó.

Otra de las abogadas de Nga, Amélie Lefebvre, probó que los jerarcas de Monsanto sabían el nivel de toxicidad del “agente naranja” antes de que se lo lanzara sobre los vietnamitas porque habían debido indemnizar a sus propios trabajadores que se habían contaminado al fabricarlo.

“Eso quedó en secreto. Las empresas cerraron filas para evitar que el tema trascendiera y derivara en un escándalo porque sabían que tenían un mercado jugoso y garantizado: el del ejército estadounidense”, dijo Lefebvre.

El secreto se fue perforando con el paso del tiempo y las evidencias contra las empresas –y contra Estados Unidos, pero sería materia de otro juicio, mucho menos “ganable”– se fueron acumulando en todos los planos.

El fallo se conocerá el 10 de mayo.

“Esperemos que la banda sea condenada”, respondió Bourdon. “Si lo logramos, se sentaría un precedente en favor de las víctimas y también de la justicia universal en crímenes de lesa humanidad”.

Y hay otra probable dimensión “histórica” de este juicio, destacada por el Colectivo Vietnam Dioxina, integrado por una docena de asociaciones y centrales sindicales que promueven este juicio.

El eventual éxito de Nga supondría “una nueva jurisprudencia utilizable por todas las víctimas de armas químicas y pesticidas”, incluidas las de otros venenos, como los fabricados en base a glifosato, otra de las joyitas de Monsanto que se sigue fumigando en los campos de todo el planeta, especialmente en América Latina.

Del Colectivo forman parte varias de las asociaciones que han impulsado en los últimos años en Francia la lucha contra la transnacional estadounidense absorbida por Bayer.

Fuente: Rel-UITA

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