‘Big Data’: ¿aliado o enemigo de los pequeños agricultores?

Cuando se piensa en tecnología agrícola, a menudo nos quedamos en los tractores y las cosechadoras. Sin embargo, hoy en día pueden verse drones que planean sobre los cultivos para detectar plagas, sensores que vigilan la temperatura del suelo o la humedad, algoritmos que aconsejan sobre la cantidad de fertilizantes o pesticidas a utilizar o sistemas de cadena de bloques (blockchain) que permiten trazar un producto desde el origen hasta el consumidor.

La tecnología se está expandiendo rápidamente en el campo gracias a la llamada agricultura digital, un sector que alcanzará en 2021 los 15.000 millones de dólares USD (12.582 millones de euros) de facturación, según la consultora PA Consulting, tres veces más que los 5.000 millones de 2015. Este crecimiento incluye el valor del software, los algoritmos, las plataformas y la relación entre agricultura y los equipos tecnológicos, dice la consultora. Una de sus claves es, sin embargo, la recogida de una gran cantidad de datos, en este caso sobre las condiciones y las características de los cultivos, para su procesamiento, lo que se conoce como big data.

Esta tecnificación de la agricultura ha tenido buena acogida entre la opinión pública general como una de las claves en la lucha contra la emergencia climática y en la búsqueda de comida suficiente para alimentar a una población creciente. “Hay una narrativa dominante de que lo digital es bueno para todos”, asegura Neth Daño, directora para Asia del grupo de acción sobre erosión, tecnología y concentración del ETC, una organización que vigila el impacto de la tecnología sobre la agricultura.

Acceso a la tecnología

Según la FAO, la organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación, se necesitará incrementar la producción agrícola en un 70% desde los niveles de 2005 para poder alimentar a los 9.100 millones de personas que se proyecta que vivirán sobre el planeta en 2050.

Y aunque estas tecnologías podrían ayudar a muchos agricultores a salir de la pobreza y a las poblaciones a conseguir alimentos más baratos, también comporta riesgos, dice Daño. “Esa narrativa está hiperinflada”, asegura. “A mí me preocupa el problema del acceso a esta tecnología. No olvidemos que lo digital depende de la conectividad a la red”, continúa Daño.

Menos del 54% de la población mundial tiene acceso a internet, según la Unión Internacional de Telecomunicaciones. Sin embargo, hay grandes diferencias entre países del Norte y del Sur global. Así, en los llamados países desarrollados el acceso llega al 86,6% de la población, mientras que en los países en la lista de menos desarrollados es apenas del 19%.

En el caso de la agricultura digital, se observa la misma tendencia, según el estudio de PA Consulting. Así, el mayor potencial de crecimiento se espera en América del Norte (33% del total), seguido de Europa (24%) y América del Sur (19%).

No obstante, incluso en los países más ricos, el uso de la agricultura digital sigue siendo minoritaria. Así, por ejemplo, en Estados Unidos, menos del 20% del área cultivada se gestiona con tecnologías agrícolas debido al “alto coste de recoger datos precisos del terreno”, según un estudio de la consultora Accenture, quien ofrece varios servicios de tecnología aplicada a la agricultura.

“La agricultura de precisión está diseñada en realidad para la gran agricultura industrial. Nada sobre la agricultura de precisión está pensada para los pequeños agricultores o quienes hacen agroecología”, añade Daño. “Cuando dicen eso, es propaganda”, continúa.

Así, el fin último de los datos es conocer las necesidades de cada explotación para adaptar la oferta de insumos, como fertilizantes, pesticidas o la misma maquinaria.

Para Kartini Samon, responsable para Asia de GRAIN, esta tecnología puede incrementar la “fractura digital”, ya que el acceso a estas herramientas será más difícil para los pequeños agricultores. “La calidad de esta agricultura de precisión dependerá de la calidad de la información que es recogida y aquellos que no se puedan permitir estas tecnologías no podrán hacer mediciones de la misma manera”, asegura Samon. “Ellos no van a tener el mismo tipo de consejo tan preciso”, explica.

Además, continúa Samon, este tipo de tecnología puede promover una agricultura basada en los monocultivos, donde la recogida de datos es mucho más eficiente que en propiedades más pequeñas con diversidad de cultivos. “Los datos que las empresas recogen en explotaciones pequeñas son de calidad muy pobre”, explica Samon. “La recogida de datos y el análisis es más simple en los monocultivos, por lo que si cultivas varias cosas, no vas a tener recomendaciones tan precisas”.

Un mercado para unos pocos

Uno de los principales riesgos del avance de la tecnología en la agricultura es la creciente integración tanto vertical como horizontal en la industria, con conglomerados cada vez más grandes que controlan una parte cada vez más extensa de la cadena, según un informe de la Confederación Sindical Internacional sobre digitalización e impacto sobre el mercado laboral. Este avance de las empresas tecnológicas en el sector presenta desafíos nuevos a aquellos que dependen de la agricultura a pequeña escala, como forma de subsistencia, apunta el informe.

“Cuando los datos se convierten en un activo clave en una industria, […] hay miedo de que cada vez haya menos y menos actores que tienen cada vez más y más poder”, asegura a este medio Duncan McCann, investigador para la Fundación para la Nueva Economía (New Economics Foundation) y autor del informe.

Es una tendencia ya en marcha en la industria y durante los últimos años varias de las grandes empresas del agronegocio se han fusionado, creando “un pequeño número de mega empresas”, como las llama McCann.

Así, en 2017, la empresa estatal china ChemChina compró Syngenta, uno de los líderes mundiales en el mercado de semillas y pesticidas, creando uno de los mayores conglomerados del sector. Al mismo tiempo, ChemChina compraba Sinochem, otra empresa estatal china especializada en agroquímicos. También en 2017, la empresa química Dupont se fusionó con una de sus principales rivales, Dow Chemical, creando tres empresas independientes, con una especializada en agricultura bajo el nombre de Corteva Agriscience. Un año después, la polémica Monsanto, inventora del glifosato, se fusionó con la farmacéutica Bayer, que ya había entrado antes en el negocio de los agroquímicos. La misma Monsanto había comprado en 2013 The Climate Corporation, una empresa de agricultura digital, mientras que Bayer adquirió en 2016 Planetary Resources, una empresa de minería de asteroides que, según el grupo ETC, ha sido utilizada para medir la temperatura y humedad del suelo.

Sin embargo, las empresas tradicionales del agronegocio no son las únicas que están viendo un negocio boyante en los datos agrícolas. “Hay actores no convencionales en los sistemas alimentarios cuyo negocio se basa en la tecnología digital que se están fusionando con estas empresas”, explica Neth Daño. Uno de los ejemplos más notorios es el de IBM que en 2015 adquirió The Weather Company, una empresa especializada en información climática, y formó la unidad Watson & Cloud Platform. En 2019, la empresa anunció que esa plataforma expandía su negocio con la Watson Decision Platform for Agriculture, para ofrecer un servicio de análisis de datos y del tiempo dirigido a agricultores. La misma empresa reconocía en una nota de prensa que los datos eran su prioridad. “Hoy en día los agricultores no sólo cultivan alimentos, también cultivan datos”, diría en esa nota de prensa Kristen Lauria, entonces directora general de Watson Media and Weather Solutions. “Todas estas consolidaciones en el sector agroquímico y tecnológico se basan en quién controla el big data”, añade Daño.

Duncan McCann apunta además a algunos riesgos adicionales como la digitalización de la distribución de la comida, que crea “problemas de regulación y rendición de cuentas”, o el uso de nuevas formas de biopiratería, es decir, la apropiación o explotación comercial de forma poco ética de recursos biológicos específicos de una región o de uno o varios grupos indígenas concretos. “Hay desafíos en cuanto a la jurisdicción de los países, cuando las empresas ahora son capaces de personalizar, ensamblar, y también hacer cambios muy específicos en los genes y secuencias de estos cultivos”, dice McCann. “Ahora nos preocupa mucho más que una empresa sea capaz de ensamblar algo muy similar a un cultivo local importante, y que se les permita proteger ese cultivo circunvalando la legislación [local]”.

No obstante, las tecnologías también pueden suponer ventajas para los pequeños agricultores cuando son bien utilizadas.

Así, por ejemplo, se está utilizando la tecnología blockchain para reconocer títulos de tierra a grupos minoritarios. Las aplicaciones de reparto se están utilizando para distribuir alimentos de forma directa bajo principios de cercanía y sostenibilidad, también en países del Sur Global.

Pero para ello, se debería regular el big data, algo que de momento sólo está haciendo el gobierno de China, y dar espacio político para que las voces de los agricultores sean escuchadas, asegura Neth Daño. “Ahora no hay espacio para los agricultores”, reclama la activista. “Deberían ser los propios agricultores los que definan qué partes de la tecnología son positivas para ellos”, concluye.

Laura Villadiego

Fuente: Equal Times

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