Todas las crisis, la CRISIS. El sistema agroalimentario industrial en el centro de cada una de ellas

Las diversas crisis que enfrentamos como humanidad, ligadas al modelo capitalista, extractivista y colonial que hoy domina a la mayor parte de las sociedades en todo el planeta, han alcanzado una dimensión tal que ya no sólo forman parte de las denuncias de las organizaciones sociales que desde hace 50 años las vienen anunciando sino que ya son parte de los informes oficiales de gobiernos, organismos internacionales y organismos científicos que no han sido coptados por los intereses corporativos.

Una particularidad de todas estas crisis es su fuerte vínculo con el sistema agroalimentario industrial pues tienen fuertes raíces y causas en éste.

La crisis climática. Los últimos informes del Panel Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) señalaron hace muy poco, en su informe a la Conferencia de las Partes, que se necesitan cambios de gran alcance y sin precedentes en todos los aspectos de la sociedad para limitar el calentamiento global a 1.5 °C en lugar de 2 °C como lo establece el Acuerdo de París; de manera muy explícita el último informe se titulaba “Reducir el calentamiento global en 0.5°C, la diferencia entre la vida y la muerte”.(1)

El sistema agroalimentario global actual, impulsado por una poderosa industria alimentaria transnacional, es responsable de cerca de la mitad de las emisiones de gases con efecto de invernadero producidas por humanos: una cifra entre un 44% y un 57% según hemos comprobado en GRAIN en nuestras investigaciones de la última década. (2)

Analizando el impacto de la producción industrial de carne y lácteos encontramos que, en su conjunto, las cinco principales corporaciones productoras en estos rubros, son hoy responsables de un mayor número de emisiones anuales de gases con efecto de invernadero que Exxon, Shell o BP, las emblemáticas petroleras que siempre están en la mira (con absoluta razón) por su vínculo con la crisis climática. (3)

La destrucción masiva de la biodiversidad planetaria. Existe un consenso a nivel científico de que estamos viviendo la sexta extinción masiva de especies y que por primera vez la misma es producida por una sola especie de las millones que habitamos el planeta tierra: la especie humana.

Y una vez más la producción agroindustrial está en el centro de la escena: los monocultivos industriales avanzan ocupando inmensas superficies y destruyen bosques de manera acelerada.

Según un informe reciente de la FAO, la agricultura y la ganadería comercial generaron casi 70% de la deforestación en Latinoamérica entre 2000 y 2010. (4) En el periodo entre 1990 y 2005, 71% de la deforestación en Argentina, Colombia, Bolivia, Brasil, Paraguay, Perú y Venezuela se debió al aumento de la demanda de pastos y 14%, a los cultivos comerciales. Dice el Informe de FAO: “La deforestación, causada principalmente por la conversión de la tierra forestal a zonas de agricultura y ganadería, amenaza no sólo los medios de vida de los silvicultores, las comunidades forestales y los pueblos indígenas, sino también la variedad de la vida en nuestro planeta. Los cambios de uso del suelo dan lugar a una pérdida de hábitats valiosos, a la degradación de la tierra, la erosión del suelo, la disminución del agua limpia y la liberación de carbono a la atmósfera». (5)

La destrucción de los suelos a causa de la agricultura industrial. También los suelos de nuestro planeta están amenazados por un acelerado proceso de desertificación debido a la imposición de un modelo de agricultura extractivista que no considera los suelos como organismos vivos sino simplemente como un soporte inerte sobre el que se desarrolla la agricultura industrial. Los suelos son uno de los ecosistemas vivos más asombrosos de la Tierra, donde millones de plantas, hongos, bacterias, insectos y otros organismos vivientes —la mayoría invisibles al ojo humano— están en un cambiante proceso de constante creación, composición y descomposición de materia orgánica y vida.

La industrialización agrícola, que empezó en Europa y Norteamérica y luego fue replicada con la Revolución Verde en otras partes del mundo, partió del supuesto de que la fertilidad del suelo puede mantenerse y mejorarse usando fertilizantes químicos. Se ignoró y menospreció la importancia de contar con materia orgánica del suelo. Décadas de industrializar la agricultura e imponer criterios técnicos industriales en la pequeña agricultura, debilitaron los procesos que aseguran que los suelos obtengan nueva materia orgánica y que protegen la materia orgánica almacenada en el suelo de ser arrastrada por el agua o el viento. No se notaron de inmediato los efectos de aplicar fertilizantes químicos y de no renovar la materia orgánica, puesto que en los suelos había importantes cantidades de materia orgánica almacenada. Pero al paso del tiempo, conforme se agotaron estos niveles de materia orgánica, tales efectos son más visibles —con devastadoras consecuencias en algunas partes del mundo. (6)

Así lo ratifica el último informe de la FAO sobre el estado de los suelos en el mundo: “la conclusión abrumadora de la evaluación regional es que la mayoría del recurso suelo del mundo se encuentra apenas en estado aceptable, pobre o muy pobre. Las amenazas más significativas a la función del suelo a escala global son la erosión del suelo, la pérdida de carbono orgánico en los suelos y el desequilibrio de nutrientes. (7)

La crisis del agua. Para mediados de este siglo la escasez de agua afectará a millones personas. “A mediados del presente siglo, 7 mil millones de personas en sesenta países sufrirán escasez de agua, en el peor de los casos, y en el mejor se tratará de 2 mil millones de personas en 48 países” nos informa Naciones Unidas en su Informe de 2006 sobre el desarrollo de los recursos hídricos en el mundo del año. (8)

La agricultura (fundamentalmente la agricultura industrial) consume la mayor parte del agua potable que disponemos los seres humanos para nuestra subsistencia. Según cifras de Naciones Unidas “la agricultura es el mayor consumidor de agua dulce y representa 70% de las extracciones de agua dulce procedente de ríos, lagos y acuíferos. En algunos países en vías de desarrollo este porcentaje alcanza hasta el 90%”. (9) Es fundamental comprender que el uso del agua por la agricultura industrial impide absolutamente el cumplimiento del ciclo del agua: los suelos dejan de retener el agua y por lo tanto ésta se desplaza provocando inundaciones mientras la producción industrial de granos para exportación lleva a que se “exporten” millones de litros de agua desde los países productores a aquellos que compran los granos. Esta situación provoca obviamente un enorme desequilibrio en el ciclo del agua. En la Campaña 2004/2005 Argentina exportó gratuitamente más de 42 500 millones de metros cúbicos de agua virtual. (10)

Si sumamos la problemática del acaparamiento de agua, su privatización y la contaminación masiva producida por el uso de agrotóxicos, nos enfrentamos a un grave problema que sólo resolveremos si revertimos este círculo de sobreuso, apropiación y contaminación. El derecho humano al agua y su reconocimiento global como bien común no mercantilizable deberá estar en el centro de las luchas las próximas décadas.

La crisis sanitaria y ambiental por el uso masivo de agrotóxicos. El principal sostén del modelo industrial de producción de alimentos es el uso masivo de agrotóxicos ya que la venta de venenos es la principal fuente de ingresos para las grandes corporaciones agroindustriales. La venta del Roundup (el herbicida cuyo principio activo es el glifosato) representa un 40% de los ingresos de Monsanto por encima de los ingresos que le genera la venta de la semilla de la soja resistente al mismo. (11)

Por esta razón a los agrotóxicos los impusieron globalmente creando el falso “sentido común” de que no se puede producir de otra manera. Buscando que se olvide que la agricultura se desarrolló durante diez mil años sin necesidad alguna de utilizarlos.

Sin embargo, la crisis por la contaminación masiva de suelos, agua, ecosistemas y por el grave problema sanitario que provocan ya fue reconocida a nivel global y en el informe de 2017 de la Relatora Especial por el Derecho a la Alimentación de las Naciones Unidas a la Asamblea General se planteaba: “Los plaguicidas, que se han promovido de manera agresiva, generan preocupación a nivel mundial por los derechos humanos; su utilización puede tener consecuencias muy perjudiciales para el derecho a la alimentación. Se denomina plaguicida a cualquier sustancia o mezcla de sustancias con ingredientes químicos o biológicos destinados a repeler, destruir o controlar cualquier plaga o a regular el crecimiento de las plantas. Se calcula que los plaguicidas son responsables de 200 mil muertes por intoxicación aguda al año, de las cuales 99% se produce en países en desarrollo, donde las normas en materia de salud, seguridad y medio ambiente son menos estrictas y se aplican con menos rigor”. (12)

En el mismo informe se plantea que “El argumento promovido por la industria agroquímica de que los plaguicidas resultan necesarios para lograr una seguridad alimentaria no sólo es inexacto sino que resulta peligrosamente engañoso. En principio hay suficientes alimentos para alimentar a la población mundial; son los sistemas no equitativos de producción y distribución los que obstaculizan de un modo importante que quienes necesitan esos alimentos accedan a ellos”.

La destrucción de la biodiversidad agrícola. Los informes de la Organización Internacional para la Agricultura y la Alimentación (FAO) realizados en 1996 y 2012 brindan también un claro panorama de la gravedad de la situación de la biodiversidad agrícola (o sea las semillas), que es la única oportunidad de alimentarnos en el futuro. En el siglo XX perdimos 75% de la biodiversidad agrícola que campesinas y campesinos crearon en conversaciones permanentes durante los últimos 10 mil años. (13)

La FAO también ha sido contundente en señalar a la principal responsable de esta crisis. El Informe sobre el estado de los recursos fitogenéticos de 1996 indica explícitamente que la principal causa de esta pérdida es la agricultura industrial.

A esta grave situación se deben sumar las amenazas que hoy enfrenta la biodiversidad agrícola ante la concentración corporativa del mercado semillero mundial, la imposición de leyes de semillas que promueven su apropiación, criminalizan las semillas criollas y nativas y las manipulan genéticamente, lo que nos expone a un experimento masivo de imprevisibles consecuencias.

La crisis alimentaria global. El “último informe sobre el estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo” de Naciones Unidas pone también las cosas claras sobre la situación actual: “Según el estudio conjunto de varios organismos de Naciones Unidas, el número de personas que sufren hambre ha crecido durante los últimos tres años, volviendo a situarse en los niveles de hace una década; la situación está empeorando en la mayoría de las subregiones de África, se está ralentizando “considerablemente” en Asia y empeora en América del Sur”. Son cifras escalofriantes que muestran que 821 millones de personas, una de cada nueve personas en el mundo, padecieron hambre el año pasado. (14)

La otra cara de la misma moneda es el crecimiento de la obesidad y el sobrepeso en buena parte de la población mundial con cifras que este mismo informe refleja: “La obesidad en adultos se agrava: más de uno de cada ocho, o lo que es lo mismo más de 672 millones, son obesos”.

El Grupo ETC lo planteó con claridad en su documento ¿Quién nos alimentará?: “al menos 3 mil 900 millones de personas (es decir, 52% de la población mundial) padecen alguna forma de mala nutrición. Más allá de la falta de calorías (el “hambre” clásica), este número incluye los muchos que acceden a suficientes calorías pero sufren severa falta de micronutrientes, vitaminas o proteínas, o padecen enfermedades por consumo excesivo”. (15)

Que más de la mitad de la población mundial padezca de problemas nutricionales no es un dato menor. Pero una vez más la clave para comprender las razones está en el mismo origen del problema: un sistema agroalimentario industrial que ya no busca alimentar a la humanidad sino que convirtió la alimentación en una mercancía que únicamente alimenta los bolsillos de las grandes corporaciones.

Mirando hacia el futuro. Disponemos de un corpus de información suficiente para saber que ya no podemos seguir por este rumbo. Según la información que disponemos, no se ha realizado todavía un trabajo que integre la información fragmentada en las diversas “crisis”. Pero no cabe ninguna duda de que estas crisis interactuarán en forma sinérgica potenciando los daños y acelerando los diversos procesos de degradación y destrucción que hoy están en marcha.

Quizás cuando se trabaje en el análisis de la complejidad de las múltiples crisis sea demasiado tarde para tomar medidas efectivas y transformadoras.

La reacción de los gobiernos, responsables de emprender las transformaciones necesarias, no está ni remotamente a la altura de enfrentar ni fragmentariamente (mucho menos de manera integral) la crisis civilizatoria terminal que enfrentamos. La pregunta que surge de inmediato al revisar estas “siete plagas” es cómo puede ser que en el centro de todas estas crisis esté el sistema agroalimentario industrial y las grandes corporaciones que lo manejan y a ninguno de los gobiernos y los organismos internacionales se les ocurra identificarlos, cuestionarlos y fundamentalmente exigir su desmantelamiento para evitar que sigamos avanzando hacia una catástrofe sin precedentes.

El cuestionamiento principal es que el núcleo de todas estas crisis es un modelo de sociedad que ha centrado su esencia en la acumulación, la especulación financiera, el consumo y un supuesto “desarrollo” que no tiene ninguna posibilidad de lograrse. Peor aún, el sometimiento de los gobiernos a los intereses corporativos hace que todo el tiempo se propongan falsas soluciones que no harán sino profundizar las diversas crisis en marcha.

Sin embargo, hay espacio para ser optimistas cuando comprobamos que los pasos necesarios para cambiar el rumbo ya los emprenden los pueblos. De la mano de ellos sabemos que la soberanía alimentaria, la agroecología de base campesina, la producción local de alimentos saludables y la construcción de relaciones mutuales, no patriarcales y respetuosas de la diversidad son puestas en acción por miles de comunidades, organizaciones y pueblos del mundo. Más temprano que tarde estas voces serán escuchadas y abrirán camino hacia nuevos mundos.

Fuente: GRAIN

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