Semillas para sanar la sequía de emociones

Los discursos dominantes sólo cuantifican los impactos monetarios. Las voces de ‘abajo’ exploran otros sentires frente al fenómeno

Por Leonardo Rossi para La tinta

Argentina

Caída de la balanza comercial. Falta de dólares. Merma en la recaudación. Algunos de los tópicos repetidos hasta el hartazgo en medios masivos de un variado tono editorial en torno a la sequía, su impacto en el ‘agronegocio’ y sus consecuencias. Posibles soluciones: seguros de mayor cobertura para los productores; promoción de variedades genéticamente modificadas resistentes a situaciones de estrés ambiental; más recursos públicos como salvataje para reactivar rápidamente la dinámica del sector.

Los aportes de la propia dinámica agronómica, hoy víctima, al actual escenario ecológico; las posibilidad de otros caminos agrícolas; las consecuencias ecológicas, culturales y sociales de este entramado escasamente son mencionadas, salvo excepciones, en las que suelen aparecer desconectadas.

La fe ciega en la ciencia hegemónica (con la biotecnología a la cabeza); la monetización de toda problemática; y la incapacidad absoluta de dimensionar nuestro umbilical vínculo con las esencias que nos hacen vida (agua, aire, tierra) se exacerban a niveles suicidas.

Desde abajo, otras tramas, pulsan y grafían los territorios, se resisten al ‘epistemicidio’ que no cesa, recreado cada día en técnicos de la bolsa, especialistas en mercados a futuro y comunicadores todo servicio negadores de una vasta historia ecológico-cultural que desafían a los ‘monocultivos de la mente’, que con tanta precisión definiera Vandana Shiva, acerca de los modelos agropecuarios impuestos a escala global de un par de décadas a esta parte.

Recrear, sentir, abrazar voces-cuerpos que marcan el necesario reencuentro con la tierra, nos pone de frente a una metáfora que se dispara en múltiples sentidos hasta regresar a una significación tácita: nos enfrentamos a una profunda Sequía. Sequía de pensares y sentires que deviene indefectiblemente en sequía de la vida en todo su complejo entramado. Abonar y sembrar el suelo de otras formas del ser y del conocer es una tarea urgente.

Resistentes al pensamiento crítico

La idea del desarrollo eterno cala profundo en los imaginarios colectivos. Referentes sociales, políticos y culturales de diversas raíces confían en una carrera infinita hacia alguna meta de inagotables bienes materiales. En materia productiva esto se traduce en una sangría incesante de la naturaleza.

Vale el repaso de algunos discursos que circulan de forma fluida acerca de hacia dónde se corre la frontera mental en busca de soluciones frente a la sequía:

-Poco se ha hecho en la utilización de herramientas que puedan mitigar el efecto devastador que una sequía o una inundación pueden provocar, como es el caso de canales que liberen las cuencas, los seguros multirriesgo o los subsidios directos a productores para evitar su quiebra.

-Si estuviera en el mercado, la soja resistente a sequía podría aportar casi cinco millones de toneladas más, o un piso de un 10 por ciento adicional, respecto de las proyecciones de cosecha que hoy circulan. (La Nación, 9/3/2018)

-“Esta variabilidad climática llegó para quedarse y para eso debemos contar con un sistema de seguros para hacer frente a cualquier catástrofe o problema climático” –Etchevehere– (Infobae, 13/03/2018)

Como respuesta, una directa y profunda reflexión que suele repetir Joan Martínez Alier, economista ecológico: la economía dominante, su teoría, su práctica, se olvidó de los flujos de energía y materiales, sus orígenes, su finitud. Las propuestas de las ¿mentes? del ‘agronegocios’ van por más, a como dé lugar, como si esos suelos y cursos de agua adonde a la soja y al maíz les cuesta cada temporada más y más su crecimiento estuvieran escindidos de las crisis hídrica, fenómenos climáticos extremos y reiterados, difusión de nuevas enfermedades, sistemático aumento de la demanda energética que pone en tensión todo el entramado socio-cultural en el que también, se supone, habitan.

No todo entra en un Excel

Listar las consecuencias de la sequía abre infinitas posibilidades. Si como dice Arturo Escobar “‘sentipensar’ con el territorio implica pensar desde el corazón y desde la mente, o co-razonar”, en esa senda caminan activistas ambientales, campesinas y campesinos, agrónomos comprometidos con otra agricultura posible que invitan a desentramar el discurso de que toda pérdida es medible en números y, de modo preferencial, en dinero.

Luciana Gagliardo, de la ONG Conciencia Solidaria, plantea que la sequía implica una “degradación en términos ecológicos, que representan la debacle de la biodiversidad, la destrucción de nichos en particular y sus relaciones”, pero en sí es una problemática que atraviesa de forma circular aspectos como la “calidad de vida de las personas, la salud, la educación, los derechos humanos, entre ellos el agua, la identidad, la historia, los modos de producir”.

En ese hilo, Luis Narmona, técnico de Agricultura Familiar abocado a la agroecología en Córdoba, aporta: “irrumpe una sensación de frustración en el productor de alimentos de proximidad, un desaliento de la producción fruti-hortícola”, un colectivo del que poco y nada se habla en estos casos. En definitiva, dice, “se pone en riesgo la soberanía alimentaria”, un término no incluido en el diccionario del agronegocios.

El vínculo entre el modelo agronómico dominante y las catastróficas imágenes del suelo rural es directo. Lo señalan campesinas e indígenas rodeados de nuevos desiertos, lo atestiguan las poblaciones inundadas y las carentes de agua, además de bibliografía científica. Insistir en esa vía es cuanto menos carente de sensatez.

Celeste Rumié, de la Coordinadora en Defensa del Bosque Nativo de Córdoba, reflexiona: “El bosque nativo viene siendo desplazado por el avance de la frontera agropecuaria, primero por la ganadería y posteriormente por el monocultivo que desplaza a la misma actividad ganadera que sigue avanzando sobre los ecosistemas de bosques que nos quedan, reguladores de las condiciones climáticas, tanto de inundaciones como de sequías y también incendios”. Entonces, “a más desmonte, se profundizan los ciclos de sequías e inundaciones”. “La pérdida de bosques nativos y su función protectora de los vientos desecantes creo que tiene que ver con el modelo agrícola dominante, y con una cultura que también en su expansión urbana, primero, tala todo para lotear y luego o no repone o lo hace con especies exóticas demandantes de alta cantidad de agua”, agrega Narmona.

Para Gagliardo, habitante de Capilla del Monte, lo que define el modelo de agronegocios es “una especie de pulsión tanática”, en tanto es una praxis “incapaz de conectarse con la esencia de lo que la agricultura es que implica un modo de relacionarse con la tierra, con aquello que da vida”. “Siendo que la agricultura representa un aspecto fundamental de la cultura, no es casual, este modelo de producción que des-identifica al hombre del suelo; desarraiga, en términos simbólicos, y materialmente práctico”, sostiene.

Alimentar y sanar (con) la Tierra

Si algo brota en los ‘abajos’ es la esperanza. La convicción persistente de otras vidas-mundos posibles. Galgiardo apunta que además de la crítica central a quienes hegemonizan discursos y prácticas del agronegocios, y en sentido ampliado, del capitalismo neoliberal, debemos enfocarnos “en mutar nuestros hábitos de consumo, transformar, por ende, los modos de producir, a partir de ‘una vuelta a los orígenes’ pero con todo lo ya aprendido”.

Si el actual modelo simboliza la extracción máxima de nutrientes y contaminación a granel de la tierra, Narmona llama a “volver a cuidar el suelo con la lógica de organismo vivo, recuperar-recrear-crear prácticas de manejo ecológicas para que pueda almacenar más agua”. Rumié completa la idea: “valorar la agroecología, la biodinámica, la permacultura, la pequeña escala, los emprendimientos familiares y comunitarios; autónomos y también las redes con apoyo estatal”. De estas experiencias, dice, “tan vivas, en todo sentido del término, hay dos puntos que valoramos principalmente: que producen alimentos sanos, verdaderos, soberanos, nutricios y el vínculo con el ambiente, con el todo, como siendo parte de la Tierra”.

En ese camino, el técnico agroecológico llama además a “recuperar el estrato arbóreo en el paisaje integrándolo de nuevo en el ecosistema rural y urbano para obtener los servicios eco-sistémicos de protección y regulación hídrica que ofrece”. Asimismo, apunta a la necesidad de articulación campo-ciudad, dejando de lado las imaginarias rupturas de ecosistemas que indefectiblemente están entreverados. Marca así la necesidad de que en los espacios urbanos “se promueva la cosecha de agua de lluvia a nivel domiciliario para reducir la presión urbana sobre los acuíferos subterráneos y recursos superficiales hídricos”.

Para Rumié, “es de vital importancia comprender el fenómeno de la sequía desde este contexto”, para entender que “preservar los bienes comunes es auto-preservación y que alimentar el suelo, nos alimenta”.

La tierra desgajada, teñida de grises pigmentos, nos habla; escribe desde sus profundos latidos que otros lenguajes son necesarios para con ella; madre de la vida que aún se resiste a la profunda sequía de emociones que se esparce por su falda. En susurros, van otras voces recitándole poemas de sanación.

Fuente: La Tinta

 

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