Por una recampesinización ecofeminista: superando los tres sesgos de la mirada occidental

por MARTA SOLER MONTIEL Y DAVID PÉREZ NEIRA publicado origiginalmente por FUHEM (www.fuhem.es)

Los tres sesgos fundamentales de la mirada occidental –el antropocentrismo, el etnocentrismo y el androcentrismo– influyen en la comprensión cultural y en la organización material de los sectores agrario y alimentario en nuestrasociedad. El maridaje entre la agroecología y el  ecofeminismo nos aporta una nueva mirada que permite deconstruir estos sesgos para construir alternativas alimentarias sostenibles. Así surge la propuesta de recampesinización ecofeminista que permite redefinir el lugar que ocupan las actividades relacionadas con la alimentación, el cultivo y la cocina en nuestra sociedad y economía y que tienen que superar las adscripciones patriarcales del sistema sexo-género y las adscripciones público-privado. Es fundamental el rediseño de los sistemas agroganaderos hacia una producción agroecológica y la reconstrucción de las relaciones humanas.

La alimentación actual se sustenta en un sistema agroalimentario globalizado, crecientemente industrializado y mercantilizado. En medio de la (aparente) abundancia, pervive la incapacidad de garantizar alimentación suficiente y sana a la población mundial, a la vez que crece la degradación del entorno. Esta forma de alimentarse está en crisis, reflejo de una crisis global y sistémica más amplia.

A esta materialidad alimentaria globalizada subyace una determinada cosmovisión,

una mirada del mundo, que la construye, reproduce y legitima. Los valores que guían la interpretación hegemónica del mundo, la mirada occidental, moldean materialmente la realidad, también la alimentaria.

Necesitamos una nueva mirada para construir una nueva materialidad, no sólo ali-mentaria sino también civilizatoria. Repensar nuestra cosmovisión implica repensar  alimentación tiene un papel geoestratégico, ya que la forma en que una sociedad se alimenta construye y refleja los restantes ámbitos de organización social.

Necesitamos superar los tres sesgos principales de la mirada occidental –el antropocentrismo, el etnocentrismo y androcentrismo–, y a partir de un maridaje entre agroecología y (eco)feminismo construir una mirada y una praxis alimentaria alternativa que avance hacia una recampesinización (eco)feminista de la vida como nueva estrategia civilizatoria.

Los tres sesgos de la mirada occidental

Antropocentrismo

El dominio occidental ha contribuido a que la especie humana haya perdido su concepción organicista del mundo para avanzar hacia una cosmovisión que la coloca en el centro con capacidad y legitimidad para dominar la naturaleza. El sesgo antropocéntrico occidental crea un “otro” o una “otra ecológica”. La naturaleza se concibe ontológicamente separada de lo humano y, por tanto, como algo a dominar, como un mero recurso a ser utilizado e incluso destruido. Hemos perdido la capacidad psicoemocional de empatía, simpatía y compasión con los otros y las otras no humanas, rompiéndose así los límites éticos para la destrucción de la naturaleza.

En los últimos dos siglos, la ciencia se ha consolidado como mecanismo de poder. El conocimiento empírico de los agroecosistemas del campesinado se desprecia y subordina al conocimiento científico y técnico que promoverá la industrialización agroganadera. Se desprecia el sentido común como fuente de conocimiento, así como el conocimiento práctico cotidiano fundamental en la vida doméstica y privada, entre otros espacios, en las cocinas de las casas.

La utilización instrumentalizada y “sacralizada” de la ciencia al servicio de una miradaque ignora los límites biofísicos permite la generalización de una dinámica económica basada en el crecimiento que requiere la extracción creciente de energía y materiales y la generación de residuos al servicio de los beneficios monetarios en el mercado.

En el mundo occidental, la austeridad y la contención quedan proscritas a medida que se consagra como valor sociocultural el tener y acumular para convertirnos en una sociedad del despilfarro en permanente estado de carencia. Se olvida interesadamente que la libertad y la riqueza residen más en necesitar poco que en tener mucho. Se desprecia así a toda persona no integrada en el mercado y que no acumula bienes materiales. En especial se concibe como pobres a las gentes del campo, a quienes trabajan la tierra y producen los alimentos, asociándose la riqueza y el bienestar a lo urbano e industrial.

La industrialización agroalimentaria, tanto la generalización de la revolución verde en el campo como la mercantilización industrial en masa de los alimentos, es promovida por esta lógica antropocéntrica del crecimiento económico. Alimentarse es cada vez más una actividad dependiente del mercado a costa de la destrucción de los agroecosistemas. Las personas cuya actividad se centra en la agricultura y la ganadería dependen de la compra de insumos industriales a empresas multinacionales e incorporan lógicas y manejos productivistas que agreden el medio natural. Para alimentarnos acudimos a supermercados y restaurantes donde se consumen alimentos exóticos, enlatados, congelados o precocinados que han recorrido largas distancias y de los que se ignora quién, dónde y cómo han sido producidos y elaborados. Comer es cada vez más un acto ostentoso vinculado a una dieta basada en la proteína animal.

Para la construcción de alternativas alimentarias sostenibles y justas necesitamos una nueva ética ecológica biocentrista (moderada) que sustituya el actual antropocentrismo occidental. Necesitamos nuevos principios que guíen la reorganización de la base material alimentaria de la vida humana en la línea de lo propuesto por el decrecimiento10 y la biomímesis con el objetivo de alcanzar el bien común.

Etnocentrismo

La mirada occidental es etnocéntrica y construye las demás culturas y pueblos como inferiores. Los seres humanos necesitamos pertenecer a un grupo sociocultural de referencia. La identidad, como condición de sujeto, requiere de la construcción de un “otro” u “otra” bajo un doble principio de inclusión y exclusión. En principio, la pertenencia a un grupo y la dialéctica de inclusión y exclusión entre el “nosotros/as” y el “ellos/as” es un principio universal, pero este no tiene por qué ser jerárquico. Las diferencias étnicas y culturales pueden convivir pacíficamente en el espacio y el tiempo en un contexto de interculturalidad. El sesgo etnocéntrico y la capacidad de imposición de cosmovisiones bloquea esta posibilidad al identificar un grupo de diferentes como desiguales. El “otro” u “otra” construido culturalmente como inferior es susceptible de ser dominado y utilizado para servir a fines que le son ajenos.

En el mundo occidental el sesgo etnocéntrico se articula generando simultáneamente una “otredad exterior” no occidental y una “otredad interior” que aunque occidental no responde al modelo sociocultural dominante. Las y los “otros” no occidentales, son percibidos y construidos como “salvajes” o como no desarrollados, asimilados a la naturaleza y, en consecuencia, inferiores frente a los occidentales, que guiados por la razón y la ciencia alcanzan un estatus de superioridad que impulsa privilegios materiales llegando a la más extrema violencia en forma de esclavitud, genocidio, abuso y explotación de personas.

Simultáneamente, las y los “otros interiores”1en el mundo occidental implican una jerarquización sociocultural interna que se construye asumiendo una centralidad cultural, un “nosotros”, interiorizado como superior que se proyecta como modelo de decencia y deseabilidad, es decir, como referente ético y material de modo de vida, pero también como modelo de organización socioeconómica y política. Esta centralidad cultural occidental se construye en torno al mundo urbano del trabajo en la industria o los servicios y es esencialmente burgués, blanco, cristiano, masculino y heterosexual. Se trata de una centralidad sociocultural construida al servicio de la economía de mercado en la que la propiedad privada, la organización jerárquica del trabajo asalariado en las empresas y la competencia individualista en el mercado constituyen principios fundamentales de organización de la vida social y material.

Cultivar y elaborar los propios alimentos, así como cocinarlos para alimentar, son concebidas en el mundo occidental actual como actividades sin valor y despreciables económica y socialmente, preferiblemente realizadas por otros y otras categorizadas como inferiores.

Esta concepción es parte fundamental del sustrato cultural que acompaña y refuerza el cambio hacia la industrialización agroganadera en el mundo rural y hacia la industrialización doméstica en las cocinas de los hogares. La alimentación se industrializa y mercantiliza en todas sus fases a medida que el qué se come, dónde se come y con quién se come se consolidan como signos de distinción en una sociedad opulenta.

El campesinado es un “otro interno” del mundo occidental que históricamente ha sido responsable de alimentar a la humanidad con una organización sociocultural y económica propia. La retórica del desarrollo identifica el modo de vida occidental como modelo cultural y material no sólo deseable si no superior, donde la mayor parte de la población mundial es mirada como subdesarrollada y, por tanto, sus formas de vidas como inadecuadas.19 El discurso del desarrollo en las zonas rurales impulsa la industrialización agroganadera contra las formas campesinas basadas en el manejo de la biodiversidad. Las comunidades campesinas, desarticuladas, se convierten en abastecedoras de materia prima para la industria de transformación y en un mercado para las industrias de insumos, desempeñando un papel subordinado imprescindible para financiar el proceso de crecimiento urbano e industrial.

Simultáneamente la retórica del desarrollo impulsa cambios en las dietas y pautas de consumo alimentario, en el campo y en la ciudad. Se abandonan las dietas vegetarianas adaptadas a la temporalidad y los alimentos de producción local para pasar a dietas crecientemente dependientes de la proteína animal, con abundancia de carne, lácteos y huevos, así como de alimentos industriales.

Androcentrismo

En Occidente, se ha impuesto históricamente una organización sociocultural y político-económica orientada por las vivencias y necesidades de los varones heterosexuales de las clases dominantes forzadamente universalizadas. El sistema sexo-género patriarcal adscribe roles dicotómicos diferenciados y jerarquizados a hombres y mujeres por razón de sexo, desempeñando lo femenino un papel subordinado y dependiente respecto a lo masculino. En concreto, el desprecio por lo alimentario en el ámbito de lo doméstico está unido a tres dicotomías patriarcales fundamentales e interrelacionadas: masculino-femenino, público-privadoy trabajo productivo-trabajo reproductivo.

Los paralelismos simbólicos femenino-naturaleza y masculino-cultura legitiman la apropiación y explotación de lo socialmente construido como femenino, ocultándose el androcentrismo tras el ampliamente aceptado antropocentrismo occidental.

En paralelo, el orden del discurso androcéntrico (pre)dominante valora de forma privilegiada el espacio de lo público, en especial al mercado, que se construye como espacio masculinizado.

Simultáneamente, se desprecia e invisibiliza lo relacionado con el espacio privado de los hogares, generando un “públicocentrismo” ahistórico. En concreto el sesgo androcéntrico desprecia e invisibiliza los trabajos domésticos, fundamentales para el sostenimiento de la vida –como cocinar, hacer la compra, elegir las comidas

cuidando la diversidad de la dieta y el equilibrio nutricional, alimentar– identificados como femeninos y realizados mayoritariamente por mujeres25 y despreciadas por la mirada occidental. En la división sexual del trabajo patriarcal, sólo el trabajo remunerado en el mercado se concibe como realmente “productivo” y se adscribe prioritariamente a los hombres mientras las mujeres se hacen responsables de los trabajos invisibilizados, considerados “improductivos”. Se desvaloriza el mundo doméstico en tanto que femenino pese a que en él se desarrollan actividades fundamentales e indispensables para la sostenibilidad de la vida.

Este sesgo androcéntrico se ha traducido en presiones culturales y materiales para abandonar e industrializar la alimentación doméstica. La falta de reparto del trabajo en el espacio de lo doméstico y el cuidado, ha exigido que las mujeres dediquen menos tiempo a las tareas de alimentación, en lugar de repartirlo. Esto ha sido posible gracias a la incorporación de electrodomésticos y del cambio en la propia alimentación hacia una comida congelada, prefabricada, instantánea e industrializada. Es más, la externalización de este tipo de trabajos y responsabilidades constituye, cada vez más en nuestras sociedades, un símbolo de prestigio. Como es por ejemplo el tener servicio doméstico, o el “poder permitirse” cada vez más el lujo de comer fuera de casa en restaurantes.

Por otra parte, en la medida en que las comunidades campesinas orientan su actividad prioritariamente a la estabilidad y reproducción social, siendo central la atención de necesidades básicas, y limitando la dependencia del mercado, la mirada occidental las infravalora por una asimilación “inconsciente” con lo femenino. Así, de forma indirecta, el desprecio por lo campesino también se refuerza por el sesgo androcéntrico.

En respuesta al androcentrismo occidental, necesitamos deconstruir tanto la masculinidad como la feminidad convencional para romper la adscripción estereotipada de roles y valores y permitir la intercambiabilidad de roles como prerrequisito para construir relaciones plenas en libertad. En este proceso, el alimentarnos se redefine y reconfigura para ocupar un lugar central en una sociedad orientada a la sostenibilidad y el cuidado de la vida.

Hacia una recampesinización ecofeminista

Los tres sesgos de la mirada occidental, al ser construcciones sociales reproducidas en lo cotidiano, suelen pasar inadvertidos y ser percibidos como “naturales”. Por ello, nuestra mirada requiere ser problematizada y deconstruida para poder reconfigurarla desde pensamientos complejos e inclusivos.

Necesitamos generar así una mirada alternativa que incorpore, en el corazón de su comprensión de la “realidad”, las interacciones respetuosas con la naturaleza, las relaciones no jerarquizadas de sexo/género en torno a los trabajos de cuidados en lo doméstico y los roles asignados socialmente, así como las relaciones de respeto mutuo con las y los otros culturales.

La construcción de sistemas agroalimentarios alternativos implica aplicar simultáneamente e interrelacionadamente cuatro racionalidades/emocionalidades alternativas a la comprensión y definición de lo alimentario: la ecológica, la intercultural, la campesina y la (eco)feminista. En el diálogo de estas lógicas, racionalidades y emocionalidades podremos encontrar los referentes imprescindibles para la construcción de alternativas alimentarias.

El maridaje entre agroecología y (eco)feminismo entrelaza las cuatro lógicas antes citadas en la redefinición de lo alimentario y su reubicación dentro del entramado sociocultural civilizatorio.

La agroecología se formula a partir de la conciencia de los sesgos del antropocentrismo y el etnocentrismo y, a partir de una nueva mirada de lo agroalimentario, proponiendo una estrategia de recampesinización coherente con las iniciativas políticas de soberanía alimentaria. Pero necesitamos recampesinizar no sólo lo rural y agroganadero, sino también las ciudades, los hogares, la alimentación en su totalidad como estrategia de cambio civilizatorio.

La estrategia de recampesinización propone construir el futuro a partir de ciertos rasgos socioculturales y materiales históricos del campesinado que en el contexto actual de crisis civilizatoria apuntan a soluciones viables. Existe el riesgo de caer en la idealización del campesinado en una mirada nostálgica del pasado obviando las contradicciones internas y reales en la práctica para terminar confundiendo las posibilidades reales del presente con un estereotipo teórico irreal. No se trata de idealizar pero sí de identificar dinámicas y valores de interés en la construcción de alternativas al mundo occidental actual en realidades socioculturales campesinas contemporáneas, cercanas y viables. Las prácticas agroganaderas

tradicionales basadas en el manejo de la biodiversidad, que el campesinado histórico ha desarrollado por necesidad en un contexto de escasez, se sustentan sobre una racionalidad ecológica30 que es necesario extender.

En un mundo marcado por el cambio climático y la escasez de petróleo, necesitamos aprender a alimentarnos sin petróleo, respetando los límites biofísicos de los agroecosistemas manejando la biodiversidad, actualizando y desarrollando los saberes campesinos en diálogo con otros saberes, también el científico.

La dimensión comunitaria de solidaridad y la orientación a la atención de las necesidades básicas como prerrequisito de estabilidad social de las comunidades32 son aspectos esenciales en una estrategia de recampesinización feminista.

El trabajo cooperativo y el manejo de la biodiversidad aportan un elevado grado de autonomía respecto al mercado y al Estado lo cual resulta estratégico en el actual contexto de crisis de estas instituciones. Alternativamente, en el mundo campesino, las dos instituciones económicas fundamentales son: el aprovechamiento comunal de los recursos naturales que, al ser frutos de la naturaleza y no del trabajo no pueden ser apropiados, y el acuerdo social para que la propiedad individual inviolable se limite a lo que se posee como fruto del trabajo.

Por tanto, recampesinizar significa construir organización social comunitaria centrada en atender necesidades básicas sobre la base del apoyo mutuo y el respeto a los límites de la naturaleza.

La agroecología necesita el maridaje con el (eco)feminismo. Necesitamos superar el androcentrismo para entender el alimentarnos como un satisfactor múltiple de necesidades que implica muy diversos trabajos, cuidados y espacios más allá del mercado, muchos de los cuales son realizados por mujeres en los hogares. Al alimentarnos confluyen procesos creativos y afectivos en múltiples espacios tanto rurales y urbanos como públicos y privados que se conectan y articulan.

La recampesinización feminista construye conexiones horizontales y cooperativas que rompen las barreras y las jerarquías entre espacios, tareas, géneros, culturas y personas en torno a la alimentación.

Desde una mirada ecofeminista, la organización sociocultural debe orientarse al sostenimiento y cuidado de la vida como objetivo central. Ello implica concebir lo agroalimentario como una de las actividades de mayor valía y reconocimiento sociocultural, económico y político. Este proyecto de revalorización y (re)construcción de lo agroalimentario implica superar los «dualismos opresivos»37 para que los trabajos escondidos en los hogares y en el campo comiencen a valorarse colectivamente.

Asimismo, la recampesinización feminista implica avanzar hacia una feminización de la vida en su conjunto donde lo emocional, afectivo y corpóreo dejen de considerarse dimensiones inferiores y despreciables de la humanidad, adscritas de forma “natural” y exclusiva a las mujeres.

A modo de recapitulación

Como hemos visto, tres sesgos de la mirada occidental (pre)dominante han guiado el devenir histórico occidentalizador marcado tanto por la invisibilización, subordinación y apropiación de las formas de organización no capitalistas38 –especialmente las campesinas39 y las de los ámbitos privados y domésticos–,a favor de los ámbitos públicos y mercantilizados, como por el desprecio e ignorancia de la naturaleza y las relaciones biofísicas que sustentan nuestras sociedades.

La comprensión dominante de lo alimentario, guiada por una visión tecnocrática y economicista,se centra en los flujos e intercambios de alimentos y dinero, así como en las relaciones sociales y políticas que median dichos flujos en el mercado y las instituciones formales. Se obvian así esferas de relaciones que se desenvuelven más allá de estos ámbitos y que son fundamentales para comprender los procesos socioambientales y psicoemocionales tejidos alrededor de la alimentación que son, a su vez, imprescindibles para la sostenibilidad de la vida humana.

Los tres sesgos de la mirada occidental generan ausencias fundamentales que nosroban soluciones alternativas  a los problemas más graves de nuestro tiempo.

Necesitamos una nueva mirada compleja que nos permita acercarnos a los “márgenes” delmundo occidental que son amplios, diversos y están muy vivos para encontrar soluciones a los problemas alimentarios que nos acucian. En la actualidad, el modelo (pre)dominante convive con alternativas alimentarias que mezclan rasgos de resistencia histórica campesina y obrera con nuevas propuestas emancipatorias de futuro, ecologistas y feministas prioritariamente. Se da así la paradoja de que dichos márgenes invisibilizados y subordinados ocupan más territorio y en ellos habitan más personas que en la supuesta centralidad normativa del Occidente moderno y posmoderno del siglo XXI.

Las alternativas ya están aquí. Cooperativas agroecológicas, ecoaldeas, grupos de consumo alimentario de proximidad, redes de semillas en defensa del conocimiento campesino y la biodiversidad cultivada, campesinas y campesinos de toda la vida y neorrurales. La recampesinización feminista se está construyendo día a día, a menudo de forma inconsciente, en múltiples iniciativas agroalimentarias comunitarias que trabajan por la soberanía alimentaria, en el campo y en la ciudad, en el Sur y en el Norte.

La recampesinización tiene que ser ecofeminista para colocar el cuidado de la vida en el centro de sus motivaciones y sus acciones generando relaciones y vínculos de respeto y justicia entre las personas y, en especial, entre mujeres y hombres. La recampesinización ecofeminista en tanto que feminista cuestiona el poder en todas sus manifestaciones, en especial las de género y propone vías para escapar a los mecanismos de dominación materiales y simbólicos.

Alimentar, cultivar, cocinar son tareas para la vida que tienen que superar las adscripciones patriarcales del sistema sexo-género y las adscripciones público-privado. Cuando colocamos en el centro de nuestras vidas el alimentarnos cuidadosamente en armonía con la naturaleza, cuidando la tierra y los animales que nos alimentan y generando en el proceso nuevos pactos sociopolíticos y económicos de equidad que cuestionan las estructuras de poder establecidas en torno a lo alimentario, avanzamos en la recampesinización (eco)feminista.

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